27.1.07
  429. Boostamante



4ª Reflexión idiota sobre la música y los estados de ánimo

De todos los cromos que he puesto en este álbum, creo que aquellos que más disfruté pegando fueron los de la breve e inconclusa serie que dediqué a la música y la risa, aquello que quedó finalmente en tres posts y medio en forma de reflexión febril. Sigo dándole vueltas al tema, y alguna vez lo retomaré, o a lo mejor no. El caso es que recientemente me he visto inmerso en otro incómodo episodio de malentendidos en un foro de internet, a costa de una fugaz discusión con una a la que le gusta mucho un cantante que a mí no me gusta, y se ha tomado mis palabras un poco a pecho y me ha dicho que tal y que cual. Ante mi (creo que inocente) crítica a la música de uno de sus ídolos, me interrogaba a ver acaso cuáles son, pues, mis ídolos, aquellos músicos a los que yo admiro, no sé si para saber de qué pie cojeo, si mi integridad musical es correcta o incorrecta, o vete tú a saber por qué. Total, que cada vez que me pongo a pensar por unos instantes sobre esa cuestión, no llego a una conclusión clara. Simplemente, porque no soy incondicional de ningún estilo musical en concreto, ni tengo un altar con la efigie de nadie al que le pongo velas y le rezo. Me gusta escuchar de todo, e inmediatamente le pongo un "asterisco" mentalmente a aquello que me gusta, y me lo quedo. O sea, que soy más amante de las canciones que de las personas que las cantan.

Por supuesto, hay algunos músicos que estadísticamente han compuesto más canciones con asterisco que otros, y hay muchísimos músicos que componen o interpretan piezas que me producen malestares diversos. Atendiendo a esa estadística, supongo que podría hacer una lista de músicos o grupos que me gustan, a los que respeto y que adoro, pero nunca me he visto capaz de hacerlo, o no sé si es que no me ha salido de los cojones, porque prefiero no ponerle trabas a mi ocio y a mí mismo. Porque creo que entonces entran otros factores extramusicales. No puedo confesarme fan fatal de un grupo cuyas canciones me gustan, a sabiendas de que en realidad esas canciones no las han compuesto ellos, por ejemplo, sino que son meros intérpretes de la genialidad de otros. Me viene a la cabeza el caso de Little Richards (por tirar de clásicos), que me parece un genio, una bestia en escena, un iconoclasta, un pianista y un cantante sin parangón, un transgresor, un pionero, un inventor, un titán, un comunicador como la copa de un pino, un símbolo de muchas cosas (desde el ruacanrol de raíces hasta el militantismo más petardo, frívolo y maravilloso de la libertad sexual, pasando por la reivindicación del orgullo racial), pero que me temo que se dedicó a tocar canciones compuestas por otros, y eso hace que desde un cerril punto de vista su magnificencia se reduzca unos puntos, al compararlo con otros genios que, además de interpretar, comunicar y asombrar, dedicaron su vida entera a estudiar música, a experimentar y a componer. Es como si se tomara la cosa con demasiada intransigencia, y a la hora de discernir entre los que debo considerar genios y los que no lo merecen tanto, tuviera que atender a otros valores más allá de los resultados finales y los sentimientos que producen; lo cual, por supuesto, es injusto.

Además, también pasa una cosa, y es que lo que entendemos por Música, por grupos musicales, por ídolos, por discos y por todo lo demás, no es en realidad tal, sino que se trata de una industria como otra cualquiera. En un 80% los músicos no son más que empleados, trabajadores a sueldo de las discográficas, simples engranajes en un gigantesco negocio repleto de impostura y de imposiciones económicas. Cuando un grupo saca un disco, y luego otro, y luego otro, lo hace porque firmó un contrato con una compañía discográfica; es exactamente el mismo motivo por el cual un albañil pone un ladrillo y después otro. Eso no significa que los miles de millones de grupos que sacan discos estén preparados para ello, y los que no lo hacen no lo estén. No significa que todos los discos que graba un artista son buenos y deben ser respetados. No significa que todas las canciones que están en ese disco son fruto de la inspiración divina de una omnipotente estrella de la música. También John Lennon escribió temas por encargo. También Bob Dylan compuso lo primero que le vino a la cabeza sin ton ni son y se arrepintió toda su vida. También Lou Reed hacía temas de relleno para cumplir con el acuerdo contractual. También Jesulín de Ubrique, los Sex Pistolds y Chenoa vendieron miles de discos (pero bueno, esta es otra lacra de la industria diferente. No mucho, pero bueno, tampoco vamos a ponernos pesados). Así funciona esto, ¿no?

Ya sé que no estoy descubriendo la sopa de ajo. Pero a lo que iba es a que yo siempre que escucho un disco nuevo tengo presente inconscientemente que se trata del producto de una industria. Como cuando me como unas salchichas. Es algo limitado, pervertido, transformado, adornado, saborizado y falseado por una industria que lo que quiere es que gastemos nuestro dinero y volvamos a pasar por caja un tiempo después.

Así que, ¿en base a qué debería "admirar" a un músico? ¿Cuál es la fórmula del criterio musical? ¿Soy un imbécil porque me gustan canciones de Silvio Rodríguez y también de Minor Threat? ¿No tengo ni puta idea si escucho por igual, en una misma tarde, a Igor Stravinski y a Michael Jackson? ¿Y si no me gustan nada (pero nada) Jimi Hendrix, Sting, The Doors, U2 o Bob Marley, soy un ignorante sin criterio y debería replantearme mi existencia? ¿Te imaginas en qué bobo me transformo si ahora digo que hay canciones de Ándrés Calamaro y de Antonio de Pinto que me entusiasman y que me las escucho a todas horas...? Supongo que tendría que justificarlo bien y convencer a todo el mundo, porque si no la gente me escupe al pasar, me temo.

Total, que supongo que no sé de lo que hablo. Sobre gustos hay muchísimo escrito, y debería leerlo más a menudo si no quiero quedar como un panoli.

Pero lo que quería decir cuando enlazaba mis otros posts al principio, es a que más o menos sí que he llegado a una conclusión, y esa es que me gustan más las canciones alegres que las canciones tristes. Las canciones tristes me ponen triste, y las canciones alegres me ponen alegre (que no es poca cosa: es algo absolutamente maravilloso y sin lo cual no puedo vivir). Y me hace más feliz estar alegre que estar triste, aunque a veces mola estar triste.

Llegué a esta última conclusión cuando tenía tres meses de vida, y ahora que estoy acercándome a los treinta años no he avanzado mucho más. Bueno, sí, también sé que tanto Calvin Johnson como David Bustamante forman parte de la misma industria, y ambos preferirían ganar más dinero que el otro con sus canciones, por más que el uno enarbole la bandera de la integridad musical, del criterio estético, de la pureza, la grandeza, la belleza y la entereza, y el otro sólo haga karaoke adornado por los mejores técnicos de sonido del mercado. Y esa es la máxima que lamentablemente (para ese 80% de músicos a los que hago referencia en este repaso) impera en el dichoso negocio de la música. Los criterios y los géneros musicales me los suelo pasar antes por el forro de los cojones para que me den su opinión, y después si eso me manifiesto, y digo: sí, entre Fran Perea y Nel Young me quedo con el segundo. Soy más guay que tú. Así funciona esto, ¿no?

Un ejemplo que me parece significativo, curioso y divertido es un batería que se llama Vinnie Collaiuta. Es un bateria de sesión magnífico, un virtuoso. Ha tocado con los mejores, es respetado por todo el mundillo y a nadie se le ocurre soplarle en la oreja. En los años ochenta acompañaba a Frank Zappa, y ahora acompaña a Alejandro Sanz. Porque tanto Frank Zappa como Alejandro Sanz son dos de los mejores engranajes que ha habido en la maquinaria de la industria musical. Y como éste hay miles de ejemplos por los que podríamos relacionar a músicos "íntegros" y músicos "comerciales" con tan sólo uno o dos eslabones de separación. Así funciona esto, ¿no?

Tengo una amiga con la que hablo mucho de música. Cuando le ponía algún disco de free jazz que a mí me gusta, ella me decía que si había metido al gato en la lavadora. Y cuando salía a los bares que le gustan a ella y bailoteábamos al son marcado por Operación Triunfo, Blanco y Negro o Vale Music, solíamos acabar discutiendo porque yo la decía que a cualquier payasete le graban un disco de canciones ajenas y le dan diecisiete discos de platino por mover el cucu. Y me quedaba tan ancho, con esa sonrisa mía de satisfacción. Y una vez, para callarme la boca, me planteó un bonito dilema de ciencia-ficción: si un marciano (ajeno por completo a la cultura de nuestro planeta y por supuesto a los recovecos económicos de la industria) aterrizara ahora mismo al lado nuestro y le diésemos a elegir entre el Bésame de Bustamante y el Blitzkrieg bop de los Ramones (o un tema por el estilo, no recuerdo con exactitud cuál era), ¿qué preferiría? Ostrás, dije yo, pues la verdad es que creo que la de Bustamante... ¿Será que los prejuicios nublan mi criterio, y Busta hace música objetivamente mejor que la de mis ídolos punkarras? ¿Debería replantearme mi criterio y acercarme más a su sonido?

Vamos a hacer demagogia y a justifcarnos una vez más. Que me encanta y no hago daño a nadie: mi opinión también es, como la del improbable lector, que Bustamante y toda esta pléyade de Mac-cantantes que nos innundan desde que existe la industria, hacen mucho más daño a la música que la piratería. Muchísimo más. La Música, considerada como una de las Bellas Artes, desde luego no es esto, no debería ser así. El dinero que sea el motor del mundo, pero no de la Música, ¡por el amor de Apolo y Dionisos, del Arte no! Toda esta colección de productos prefabricados se cargaron hace mucho tiempo el concepto puro de la Música. Es un holocausto, una hecatombe, el exterminio fascista del Arte, un monopolio, un saqueo, una manipulación, una muestra de control mental a nivel universal, una burla hacia el resto de los músicos De Verdad... Que alguien haga algo, paren la máquinas, destruyan a la pérfida mano que está detrás de todo esto... ¡Que sobre todos ellos caiga...! Pero un momento... Vuelvo a escuchar la canción de Bustamante (que en realidad es un clásico argentino del año de la polka de un autor que no controlo y no localizo, ni importa lo más mínimo, por supuesto) y... Vaya, el marciano y mi amiga tienen razón. La verdad es que no está mal. Me parece muy bonita. ¿Merezco la muerte, oh señores del Ruta 66, señores del foro de internet, señores del jurado? Es que esos arreglos están hechos con sintetizadores, pero están muy bien hechos, el tío que los grabó sabía lo que se hacía. Esa voz cálida del ex-currela llorica es potente, bien modulada, bien entonada y es agradable... Los coros están puestos donde deben, nada sobra (la base rítmica sí da bastante grima, pero eso lo digo porque estoy en mi casa en pijama, y no tomando el quinto cubalibre en Alonso Martínez mirando cómo mece las tetas una rubia que la baila con los ojos cerrados a su son, que si no...). Me pongo en la piel del marciano, y dejo mis prejuicios, mi criterio, mi integridad y mi orgullo en Marte. Y me olvido de que Boosta tiene pocas luces y que me cae mal. Me olvido del videoclip, que es penoso y está hecho para niñas mameluzas. Además se mueve y sobreactúa de una manera que me pone de los nervios, pero el video es lo de menos. Me olvido de que el intérprete es un producto salido de un concurso de karaoke de la tele pública con una promoción millonaria que yo también pagué de mi bolsillo y bla bla bla. Sí, sólo es una salchicha más en el lineal del Dia, pero lo olvido. Me olvido de que no sabe lo que es un pentagrama. Me olvido de que no sabe quién es Calvin Johnson. Me olvido de mi vecina, que canta de maravilla y nadie le da una oportunidad que la saque de currar cogiendo el teléfono de Amena. Me olvido de los villanos sin escrúpulos de la Trinca. Me olvido de que cada segundo (tic... tac...) se muere de hambre y de sed un etíope sin que Busta haga nada para cambiarlo, con la de dinero que tiene el tío jodío, y me olvido de que se pone ropa cara y el resto no llegamos a fin de mes, filibustero sin corazón. Me olvido así de que esta canción no me debería gustar, no debería transmitirme nada positivo... Y ahora por fin, va y me gusta. No sé si más o menos que la de los Ramones. Eso sí, no se lo digáis a nadie. Y a partir de ahora dejadme en paz que me baje música gratis y que les compre a los pobres sus discos en la manta, que yo ya he puesto mi granito de arena en favor de la industria, y no lo voy a volver a hacer.


No sé hasta qué punto este post entronca en la línea argumental que trataba de llevar con los otros de la serie, pero aquí venía más que nada a hablar sobre el maravilloso y chocante mundo de los prejuicios musicales, más que sobre la música asociada a los estados de ánimo, como creo que ha quedado claro, pero ahí queda eso. La conclusión esta vez está entre líneas. Y quiero terminar aclarando que me gustan los Rolling y que ayer me bajé un disco de !!! (Tsk Tsk Tsk) y otro de Superputa.

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