630. Estronjos
© Marcus BarnardAcogiéndome a esa máxima mía que reza que "éste es mi blog y aquí huele a lo que yo quiero", voy a contar una historia bastante boba que me acaba de venir a la cabeza.
De pequeño tenía un vecino, puerta con puerta, con el que jugaba a las chapas, a los muñequitos, a la pelota o a darnos de hostias, desde que éramos bebés y hasta los quince años o así, que es cuando dejamos de dirigirnos la palabra. Y apenas caminábamos erguidos cuando nos dio por adentrarnos en el maravilloso mundo del rol.
Aquí en Madrid se empezó a hablar de eso allá por mediados de los ochenta. Sabíamos que había una cosa que se llamaba "jugar al rol", y que era, para nosotros, algo asi como un libro interactivo de "Elige tu propia aventura", pero sin libro, sino que uno de los dos contaba una historia y el otro tomaba decisiones para ir avanzando en la aventura. Sabíamos que era imperativo que saliesen dragones, orcos y nuestra vecina de arriba, y pocas reglas más (todo esto era mucho antes de que empezase a pasar de mano en mano aquel tocho de fotocopias en inglés del AD&D 2ª ed. que cambió la vida de los pajeros de mi generación). Casi siempre era mi vecino el que contaba la historia. Me acuerdo perfectamente de que lo que más le gustaba era hacer onomatopeyas. Ponía voz solemne y me decía algo así como
"Vas por un pasillo y hay una puerta. ¿La abres?". Yo, acojonado, decía
"Sí", y por supuesto él, muy serio, muy despacito y mirándome fijamente, empezaba a imitar el ruido de unos pasos, unos goznes crujiendo, un hacha saliendo de la nada y mi cabeza volando y rebotando en el suelo. Después empezaba a agonizar, se tiraba al suelo y estiraba la pata de mentirijillas, con muchos aspavientos. Yo me quedaba triste, porque había perdido y nunca sabría que había detrás de la puerta.
Mi vecino era bastante embustero de pequeño, la verdad. Me mangaba juguetes, se inventaba excusas para romperme cosas, nos metía miedo con historias de fantasmas y marcianos, y acabó bastante solo en el barrio. A día de hoy evitamos cruzanos cuando vamos de visita al nido. Con lo que fuimos nosotros... Me acuerdo que una vez nadie quería ir a su cumpleaños, y me dijo, a ritmo de lapazos a través de su horrible aparato dental, que porfa, que fuese, que se había comprado un juego para el Spectrum que tenía de todo, que volabas y luego eras James Bond y luego conducías un tren y luego destruías la Estrella de la Muerte y que salían tetas y etc., etc. En ese plan, era un vecino poco querido, bastante pusilánime y trolero. Pero inevitablemente era mi vecino de al lado y nacimos con un par de semanas de diferencia, así que llevábamos lustros compartiendo hasta el patito de goma en la ducha. Pero me he ido por las ramas, y yo a lo que iba es a que esta misma mañana, hace unos minutos, he pillado a mi ex vecino en su enésima trola, y me ha venido todo esto a la cabeza y se me ha quedado cara de tonto.
En aquellas partidas de nuestro juego de rol discapacitado e inventado, decidí en un momento dado que mi personaje vivía en una casa en un árbol. Y mi vecino, sin pensarlo dos veces, haciendo de narrador, con esa voz engolada y un poco gangosa y poniendo esa cara de circunstancias, me informó de que una casa en un árbol era un "estronjo". Que mi personaje vivía en un "estronjo". Y por alguna razón ya no se me quitó esa palabra de la cabeza. Hasta el día de hoy, en los 20 años subsiguientes, más de una vez recuerdo haberme visto en la tesitura de tener que explicarle a alguien, orgulloso de extender mi cultura multidisciplinar, que una casa en un árbol era un "estronjo". Que Bart Simpson tenía un "estronjo", igual que Punky Brewster o los ewoks. Ahí, todo chulo, presumiendo de conocer términos restringidos y especiales, presumiendo de amante del género fantástico, presumiendo de sillón en la academia.
Y hace un rato he ido a buscar una foto de una casa en un árbol en Google, de un "estronjo", y la cruda realidad se me ha mostrado, me ha traído a la memoria todas estas cosas y me ha recordado que yo soy un pánfilo y mi vecino un pobrehombre.
Y me debe siete G.I. Joes.
Etiquetas: No, Twitter
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Twit #00056
Me pasó el otro día una cosa bastante curiosa y chocante que quiero contar aquí, para ver si alguno queríais darme vuestra opinión.
Resulta que en mi parcela de ridiculez pública en Twitter se me ocurrió preguntar al aire si acaso yo era el único al que le parecía raro que en elpais.es tuvieran a un columnista asalariado para que lleve el blog de El Pais sobre cine, y que éste (un joven director novel) se dedique casi exclusivamente a hablar de una película que ha hecho. Me refería, claro está, al blog de Nacho Vigalondo, la supuesta Gran Esperanza Blanca de nuestro cine patrio, que ha rodado una cosa que nadie le distribuye, y que nos cuenta día a día cómo la mueve por aquí y por allá y reseña cada uno de los lugares en los que hablan de su película. A mí esto me parecía raro, e incluso un poco impresentable por parte de El País. Me siento insultado por El Pais, que como lector y aficionado al cine decido seguir al periodista al que El Pais ha contratado para llevar un blog sobre cine, y me encuentro con que este señor sólo habla de su película, exclusivamente de su película, de cómo nadie quiere distribuir su película a pesar de la buena acogida que tiene su película en los circuitos americanos independientes (donde por lo visto quieren rehacer su película) o de lo tontos que son y lo equivocados que están los que critican su película. Y vale, a mí esto me parece muy bien, pero ¿dónde está el blog sobre cine? Un blog sobre las vicisitudes de una puñetera película me importa tres pares de cojones. Ni aunque fuese el mismísimo blog de "Ciudadano Kane" escrito por Welles y Hearst a dos manos, ni siquiera aunque contase algo interesante para cineastas en ciernes como pudieran ser detalles del rodaje, lista del catering o fotos descartadas de los desnudos frontales femeninos. ¿Acaso soy el único al que le parece un poco impresentable, como decía antes, que alguien de El País decida pagar a un tío por hacer promoción 24/7 de su dichosa peliculita? ¿Esto no funcionaba al revés hasta hace poco?
Insisto en lo de El Pais y en lo de pagar, porque si Vigalondo se abre su propio blog de promoción me parece fabuloso, o si Vigalondo le paga a El Pais por que le hagan promoción de la pobre de su película, que es como se ha hecho esto toda la vida. Pero que una forma de periodismo autobombo tan vacía, tan localista, tan bochornosa y tan mercantil la realice un señor en nómina, me parece un error. Y, tal y como dije en el otro sitio, me parece legítimo por parte de Vigalondo que chupe del frasco mientras se lo permitan (que a mí no me afecta, que ni soy periodista ni director novel, pero me solidarizo con todos ellos por el injusto trato que El Pais les profesa), pero no comprendo cómo alguien de El Pais permite esto. Me parece un modelo de columnista sin precedente alguno en el periodismo. Y por eso lo denunciaba, se lo contaba a las tres o cuatro personas que me pudieran leer ahí, para que dieran su opinión. Y resulta que la única persona que me dio su opinión fue el propio Vigalondo (Vigalounge en Twitter), que haciendo gala de una omnipresencia que a mí me dejó asombrado, abandonaba su largo silencio en Twitter, de varias semanas, para explicarme educadamente que soy un gilipollas frustrado y que cómo se me ocurría cuestionar su blog. Que si acaso prefiero que hable de mí y que, repetía para dejarlo claro, soy un gilipollas.
Yo no entiendo nada. Debe ser verdad que soy gilipollas, pero sigo sin entenderlo. Que El Pais elimine de un plumazo a colaboradores magníficos, alguno de los cuales han escrito columnas sobre cultura y/o sobre cine que practicamente han cambiado el devenir cultural y abrieron los ojos a toda una generación o dos (me refiero, por supuesto, a Jordi Costa), o que se gane miles de puntos llevándose por fin a su cabecera a Carlos Boyero (que nunca entendí qué pintaba este gran hombre en El Mundo), y que sin embargo contrate a un tipo para que se haga autobombo y no hable de nada interesante más que para él y sus productores, a mí sí que es verdad que me frustra. Me parece una vergüenza. Me da bastante ascazo. Pero no me da asco Vigalondo; o al menos, no por esto. Lo que me da asco son este tipo de decisiones editoriales, y que los habituales lectores del blog de Vigalondo sean todos tan cerriles y más vigalondistas que el papa y permitan que pase esto. Porque esa es otra... Que con la excepción de Tones, al que admiro profundamente, las groupies de Vigalounsshhh me parecen la piara más infecta de la blogosfera, y casi uno por uno, unos patanes y unos niños a medio cocer. Y estoy pensando en dos o tres que... En fin. Da lo mismo. Tenemos los blogs que nos merecemos.
Y tampoco tiene más enjundia. Que El Pais es una empresa privada, y Vigalondo atrae a ese tipo de lectores con píxeles por neuronas y sigue colando publicidad, y ya está. Pero me parece una pena esto. Y encima me llama gilipollas a mí, porque me gustaría que dejara de dar la brasa y que escribiera sobre cine...
La verdad es que esto es lo más trepidante que me ha pasado en lo que va de año, querido diario, porque llevo ya 20 días casi sin salir de la cama, que empiezo ya a pensar que tengo el virus del Legado. Y poner en evidencia y, sin querer, en pie de guerra, a un futuro jurado de Mira quién baila, me ha animado un poco.Etiquetas: Sobre cine, Twitter
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605- Fredi vs. Jason
"Retrato de felino infernal oculto sobre elepés,
junto a pequeña pelota de tenis de mesa"
Fruno, 2007 (Oil on canvas)Madrugada del 30 al 31 de octubre de 2007. En vela
Ayer tarde, a dos jornadas vista de la Noche de Todos los Muertos, la oscuridad se apoderaba sin piedad de los callejones del centro de Madrid. No caía una lluvia torrencial, no había ensordecedores truenos ni monstruosas risas de fondo, pero la luna menguante que se escondía detrás de unos grotescos nubarrones de acuarela, enorme, dibujando el contorno del laberinto de viejos edificios retorcidos, vertía pétreas gotas de tenebrismo expresionista al barrio de Chamberí. En el corazón del mismo, en una calle cortada, enfrente de tres badulaques y una chamarilería precintada hace un siglo, se encuentra mi pequeño y colorista laboratorio, en el que vivo con un pejesapo presuntamente inmortal, toneladas de papel impreso y rebanadas digitales, y Fredi, un gato negro de ojos fosforitos y dientes como los cuernos de Belcebú.
Anteanoche iba a tener lugar aquí un ajetreo poco habitual. Era el momento previsto de la llegada a mis aposentos de un nuevo huésped, un bicho indomable, un felino raquítico, cabezón y endemoniado. Negro como el sobaco de un ñu, del tamaño del tigre de He-Man (de Mattel). Era, por cierto, un bicho sin nombre. Mi veterinario (que es la viva imagen de Ned Flanders) me dijo que él le llamaba “Pillín”. Pero yo hubiera preferido llamarle Perro, o incluso Ataca o Puta antes que Pillín. Después de las primeras horas de contacto con Fredi, el nombre por el que he decidido llamarle es Jason. En principio era por hacer la gracia, pero creo el nombre le pega, no suena mal y creo que así se va a quedar.
Como digo, es un moco que pasaría perfectamente por cucaracha o ratón de campo, que parece que está a medio cocer, pero tiene una mala hostia y una tozudez bíblicas, y durante las primeras horas nos tuvo acojonados a sus anfitriones. Con Fredi poco a poco va congeniando. Ya se olfatean las braguetas, amagan formar trenecitos e incluso cosas peores, y se lo pasan pipa peleando por parcelas de territorio. Esta tarde han dormido el uno entre los brazos del otro. Aunque también pasan, al menos de momento, por abundantes episodios de bufidos y blandido de colmillares, de los cuales Fredi, mi oronda y gargantuesca mascota oficial por derecho, siempre sale perdiendo, y acaba cediendo (el lecho, la pelotita o lo que proceda), el muy mangurrián, a pesar de que le cabe entero en un carrillo.
Su relación parece que progresa adecuadamente. La Naturaleza y la fragorosa contienda de orgullos e instintos avanzan dentro de la normalidad, y el objetivo de quitarme de encima las constantes llamadas de atención de Fredi parece que va a ser cumplido. Pero en cuanto a la relación entre Jason y yo… Ése es otro cantar.
En las últimas 30 horas, algún avance hemos hecho. He conseguido tocarle el lomo dos veces sin que temblase como un cerdo ante un matarife, y tímidamente se me acerca y también empieza a olisquearme. Ya conozco alguna de sus debilidades juguetiles o culinarias. Pero cuando estoy presente está generalmente escondido o petrificado por el terror, o en su defecto me amenaza, me enseña los dientes y menta a mi madre en su idioma, y lanza micro-zarpacitos asesinos hacia mis narices. El minino infernal parece talmente la encarnación de Jason Voorhes, o el receptáculo de la gallardía de Jasón y todos los Argonautas juntos.
Espero que acabe acostumbrándose al humano que lo cobija, porque en caso contrario no seré yo quien haga las maletas. De momento, la situación hace que, por un lado, en la casa reine una cautela y una paz zen constante (para evitar cualquier tipo de sobresalto que provoque la estampida del felinín, que a la mínima corre endemoniado detrás de los muebles de la cocina, dentro de los zapatos, debajo de cualquier armario), y por otro lado admito que me ha provocado algún arrebato de ira y ha conseguido que “tapie” todos los recovecos de la casa con trapos (porque ya se ha establecido un récord de duración de una expedición por toda la casa en su búsqueda, entre una amiga y yo: hora y cuarto vaciando armarios y moviendo muebles).
Espero que no haya muchas noches en vela como ésta (que por suerte me pilla totalmente ocioso), brincando encima de mi cama, peleándose por unos centímetros junto a mi almohada o echando carreras entre gritos por el dormitorio (que me siento ahora mismo como si esta cama, en la que intento leer para ignorar la algarabía felina, fuese un bote en mitad de un banco de tiburones). Espero que el espíritu del criminal victoriano que tiene poseída el alma de Jason acabe abandonándolo más pronto que tarde, o esto va a ser un sinvivir. Espero que no tenga que plantearme aquello de si “él nunca lo haría”. Espero no tener que cenar tallarines à la Jason el finde que viene, como alguien me sugirió. De momento, el periodo de adaptación está siendo tormentoso, ciertamente terrorífico, acorde con las fechas.
Ahora mismo son más de las cuatro de la mañana (y sereno), y Fredi y Jason se toman un reprís. De hecho, se ha producido la magia: Jason se ha acercado hasta esta silla giratoria en la que llevo un rato, y después de varios intentos se ha encaramado encima, y se ha sentado unos segundos en mi regazo, por iniciativa propia. De hecho se ha subido a continuación sobre el portátil (ha escrito esto: "bbbbtgggggn8888ccwwww3qqqbbbcbhbbbbbwqcccC", en serio), me ha mirado un rato, me ha bufado e insultado con más educación, y está inspeccionando por vez primera objetos humanos del escritorio sin tenerme miedo, e incluso dándome la espalda.
Por lo demás, llevo dos días de resaca seguidos, y en realidad no estuve en casa durante las primeras horas de adaptación. Esta noche es Nochemala, y yo lo celebro con un mus, y si se tercia haciendo trucos y tratos por ahí con alguna diablesa. Voy a ver si me duermo contando gatitos. Etiquetas: Felin-o-rama, Twitter
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Twitter #00051
Querido diario.
No sé qué contar, pero tenía que haberlo pensado antes, porque dejar un post a medias es de cobardicas.
Ultimamente sólo estoy poniendo cromos sin texto, porque casi no me he metido en Internet en estos días, y además no me apetecía mucho, la verdad. He estado de aquí para allá, de zoca en colodra, pin pan, tomando copas y viendo películas y durmiendo una mierda, perdiendo el tiempo a placer en los bares y en los lupanares. El otro día jugué a los bolos, y me duele el bazo casi a todas horas, aunque yo creo que son gases. Estoy leyendo el integral de cuentos de Woody Allen, "El ojo dyndimenio" y Usagi Yojimbo, escuchando mucho a Antony & The Johnsons (que mira que hay que tener paciencia y tragaderas y un puntito casi masoca, pero es que le gustan a una pretendida, y claro...) y el nuevo disco de Calamaro, que está guay. Hace un rato he vuelto a ver "Death proof", en compañía, y me ha gustado todavía más. Esta vez no he querido ponerle pegas. Están todas buenísimas, Kurt Russell es más Charles Napier que Charles Napier y la carrera del final mola más que todo "Ben-Hur". Y si dije otra cosa me desdigo. Pero vamos, que tampoco es la mejor peli del mundo. Me han invitado a escribir en dos blogs más, y si todo funciona bien y no se arrepienten lo voy a hacer. Ya avisaré aquí. Pondré links a mis colaboraciones como hacen los reputados. De gratis, claro, como los malditos y los bobos, pero me podré quejar de las fechas de entrega y todas esas cosas que tanto lucen. Voy a ir a ver a Jon Spencer hacer el indio el miércoles, y ahora me voy a comer unos huevos de cormorán con bacon. Después me voy al sobre. Paso página incluso antes de que los gorriones se conviertan en murciélagos, a ver qué se siente.
P.D.: pongo una foto salerosa, como compensación por si alguien ha derrochado un par de minutos leyendo lo de arriba, para que no me lo tenga demasiado en cuenta:
Venga, y un
link a una descarga, que algunos buscáis sólo eso.
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Twitter #00049
Acabo de despertar de una siesta, y estoy en estado catatónico; bueno, es la palabra que me viene a la mente, pero en realidad nunca he estado en ese estado. Lo que tengo es una sensación mezcla de miedo, desubicación y vacío, un no saber ahora mismo dónde estoy ni por qué ni para qué. Coincide que anoche dormí muy poco, y que no tengo en la agenda ningún compromiso ni ataduras laborales hasta el próximo viernes, por lo que me siento como a la deriva, atontadísimo. Si hubiese despertado en un hospital, en el año 2136 o en mitad de una isla, creo que la sensación sería muy parecida a la que tengo ahora.
Y en realidad es una tontería. No es nada importante. En realidad ha sido un sueño muy guapo, pero es que yo duermo muy muy pocas siestas, y no estoy entrenado para despertarme de ellas sin sobresaltos, sin un despertador o una llamada. No estoy acostumbrado a montarme una película entera en la cabeza durante una pretendida cabezadita "de paso", sin interrupciones, y con esa cualidad de verosimilitud que tienen las imágenes oníricas durante las siestas, a mediodía, con el sol inundando la casa.
El caso es que tengo la mayoría de las imágenes muy recientes en la cabeza, y se me ha ocurrido dejar constancia de mi sueño, como hacía cuando era pequeño. Vaya por delante que yo tengo un sueño muy ligero, felino, y que desde que tengo uso de razón me pasa que el más leve sonido a mi alrededor (cuando no me despierta del todo) me mantiene tenso e impide a lo que hay dentro de mi cocorota desconectar por completo, por lo que habitualmente acabo cogiendo sonidos del exterior e incorporándolos a mis sueños. Incluso, en algunas ocasiones me pasa, por ejemplo, que en mi sueño está teniendo lugar una conversación ficticia entre dos personajes ficticios, y hay una televisión encendida de fondo cuyos diálogos se meten de pronto en el guión de mi sueño, descontextualizados, y encajando en las palabras que dicen mis personajes, hasta el punto que llego a predecir lo que va a decir el siguiente personaje real, el mindundi que está hablando en televisión. Como digo, con un puntito premonitorio que incluso me asusta.
Es una habilidad extraña, que yo supongo que nos pasa a todos, pero siempre que he sacado el tema en una conversación con mis amigos me han tomado por bobo o por mentiroso... ¿No os ha pasado nunca lo que digo, que durante un sueño liviano dos personajes hablan sobre algo, y de repente esperas la respuesta lógica de uno de los interlocutores, y tomas consciencia de pronto de que la respuesta que da el otro, la que esperabas, en realidad ha salido de la tele del mundo real? ¡La que esperabas!
No entiendo mucho de estas cosas, pero es algo que me ha pasado desde niño, y que concibo como posible e incluso lógico dentro de mi escepticismo y mi ignorancia, como una habilidad cerebral que todos tenemos pero "de la que no se habla mucho", por su inutilidad práctica, supongo.
Contaba esto para poner en antecedentes al lector sobre el sueño que he tenido durante esta siesta (que es a lo que iba), ya que ha sido un sueño cojonudo, porque tenía banda sonora, efectos especiales, montones de diálogos estúpidos (que no recuerdo) y un sonido envolvente megasurround de la hostia, todo ello provinente del mundo real, de la película que me había puesto a ver para conciliar el sueño con la mente en blanco, desde el portátil que tenía a escasos metro y medio de la cabecera del sofá en el que me disponía a ejercer mi derecho siestil.
Dicha película era "Transformers". La de este año, la que ha visto toda la Blogosfera friqui tres veces. Yo no la había visto, y de hecho sigo sin haberla visto, sino que me he limitado a escucharla mientras soñaba. Le he dado al play, y en cuanto ha aparecido el logo de (precisamente) DreamWorks, me he quedado plácidamente dormido, con la boca abierta y saboreando el postre.
Ahora viene mi sueño. Es breve. Apenas recuerdo el argumento. Pero es que ha sido superguapo: yo tenía una entrevista de trabajo en una empresa de algo. Una empresa grande y pomopsa, para algún trabajo de oficina rodeado de tiburones corporativos [aclaro, por despojarme de toda sospecha, que deseo con todas mis fuerzas NO volver a pisar una oficina jamás en la vida para trabajar en ella, y que no estoy ahora mismo buscando trabajo. Pretendo tirarme al menos tres meses más como parásito]. No tengo rastro mental de los prolegómenos sobre dicha entrevista. Sencillamente, mi avatar en el sueño sabía que iba a una entrevista de grupo en un edificio de oficinas. Iba cuesta abajo por una calle, y al llegar a la altura del sitio en el que se supone que iba a tener lugar la entrevista, me encuentro con lo que parece un local comercial, con un gran ventanal que me permite ver lo que está pasando dentro: un grupo de unas veinte personas están disfrazadas de piratas, con sus parches y toda la pesca, escuchando a otros tíos muy serios que están de pie, también ataviados como recién caídos de un cocotero; como también me ven a mí (y de hecho, todos me miran), no tardo nada en entrar y buscar mi sitio entre los entrevistados, por supuesto aguantándome la risa y despojado de todo atisbo de nervios ante la entrevista, en un sitio tan poco serio. Pero los acontecimientos se disparan [supongo que en ese momento algún giro inesperado tenía lugar en "Transformers" y la música se ponía solemne "de circunstancia"; no olvidemos que ese peliculónquetecagas era el que estaba llevando el ritmo de mi sueño], y de repente nos damos cuenta de que eso no es una entrevista normal, sino una especie de juego cuyas únicas reglas son "tonto el último": todo el mundo se pone a correr escaleras arriba, atropelladamente, pisándose y empujándose, tratando de llegar el primero a algún sitio, en una absurda "carrera laboral".
A partir de este momento, no me preguntéis por qué, ya no estamos disfrazados de piratas, sino de grises oficinistas estándar. Y por mi sueño se pasean no decenas, sino cientos de tristes entrevistados que corretean por lo que se convierte de pronto en un intrincado e infinito laberinto de oficinas, puntos de engorde, raspas de pescado con ordenadores y sobre todo pasillos y circuitos de asépticas escaleras de oficina. El resto de mi sueño, el cénit, lo que recuerdo [calculo, por el metraje de la película que mientras tanto estaba no siendo vista por nadie en mi portátil, que duró hora y media], se limita a imágenes de persecuciones y carreras, por tanto, a lo largo y ancho, parriba y pabajo en un gargantuesco edificio de oficinas de paredes grises, lleno de plantas y pasadizos.
Pero al loro, porque aquí viene lo bueno, lo que ha hecho que mi sueño sea la mejor peli que he visto en mucho tiempo. Enseguida tomo consciencia de que lo que está teniendo lugar en esa oficina no es una competición por un puesto de trabajo, sino por la supervivencia. Se sucede en mi cabeza, una tras otra, escenas de disecciones corporales en trampas que surgen de la nada, en mitad de habitaciones de oficina [al más puro estilo de "Cube", admito ahora; si bien es una peli que pasó sin pena ni gloria por mi tele, por lo visto le impactó a mi subconsciente], centenares de aspirantes a chupapollas oficinistas encontrándose con escaleras de incendios cortadas en las que encuentran la muerte cayendo al mar, y sobre todo siendo devorados por animales.
En mi sueño aparecían montones de monstruosos osos pardos, con ojos inyectados en sangre, que se escondían estratégicamente en alguna planta alta de la oficina, esperando ansiosos la llegada de los desesperados oficinistas para devorarlos. Enormes gorilas que pegaban gritos terroríficos y corrían a estrujar a los oficinistas y llenarlo todo de sangre. Poderosas serpientes asesinas. Tigres, leones y panteras, dios mío. Pájaros y Chimpancés que en mi sueño daban también muchísimo miedo (preguntadle a Freud) y trampas. Trampas mortales de todo tipo.
Esto es todo. Como ya he dicho, una vez vuelto a la realidad no iba a ser capaz más que de recordar el plot de la historia. Pues ya está: una larga y agónica sucesión de muertes de oficinistas en una absurda carrera dentro de una trampa de oficinas, en una especie de juego similar al de Monty Burns "En la montaña de la locura". Pero con oficinistas y muchísimos animales salvajes, que habían creado su hábitat en dicho edificio, como en aquel tebeo de Ka-zar en el que New York se convierte en la Tierra Salvaje, o en cualquier viñeta de Xenozoic Tales. También me venía a la mente, lo digo para el amante de este tipo de referencias visuales, el concepto de "Mundo futuro", una suerte de parque temático de la muerte y la destrucción de peoncitos corporativos, donde a alguien se le va de las manos su broma macabra. Pero con bichos en lugar de drones.
"Pues no es gran cosa", pensaréis. "Pues yo no iría a ver esa mierda al cine", diréis otros. "Pues vaya mediocridad de argumento que te has inventado", me gritaréis todos a la vez. Pero no, no tenéis razón. No estoy contando una película, ni un esbozo de guión ni nada de eso (yo no soy guionista, yo no soy nada de nada). Esto no es algo que hay que verlo, tenéis que soñarlo para entenderlo. Un sueño de esos retorcido e hiperrealista. Los mejores sueños son mucho más intensos que las películas, eso ya lo sabéis todos. Te despiertas con la sensación de que lo has vivido. Más aún, cuando los lugares en los que transcurre la acción te son muy familiares (varias "escenas" tuvieron lugar en el viejo edificio donde viven mis padres, y otras en las oficinas del Banco Santander en las que desperdicié casi dos larguísimos años enteros), muchos personajes del sueño son personas a las que conoces, amigos y ex-compañeros de trabajo, gente de mundos diferentes entre sí que has conocido en algún momento de la vida, y que quién sabe por qué macabros mecanismos se te aparecen en la cabeza y vas viendo cómo mueren uno tras otro, devorados por gigantescos gorilas que huelen mal y que pegan unos gritos terribles. Gorilas que hacían ruidos mecánicos al moverse [recordad que de fondo tenía puesto "Transformers"...], y todo esto acompañado de una banda sonora, sonidos de explosiones, gritos y jarana de todo tipo. Cuando mi reproductor de video se paró, me desperté bruscamente, con la boca pastosa, como si hubiese estado masticando bostas de gorila.
Ha sido como ver una peli en 3D puesto de anfetaminas. Como un viaje en una montaña rusa oxidada, que parece que se va a caer cada dos por tres. Muy real. Sé que sueña gilipollas así contado, y a mí mismo me lo parece una vez tomada consciencia de que ha sido un sueño bobalicón e infantil. Pero en cualquier caso lo quería contar.
Y ha sido, por cierto, un sueño sin moraleja ni significado alguno. No me toquéis los cojones, por favor. Que nadie me diga que el edificio de oficinas simboliza esta ciudad en la que llevo demasiado tiempo encerrado sin vacaciones, casi sin salir al campo a ver animalitos, o que el señor pequeñito que todos llevamos dentro me está pidiendo a gritos que me busque un trabajo de verdad, que no me puedo pasar la vida sin hacer nada, echándome siestas de dos horas y viendo tres pelis diarias. Por supuesto que puedo hacerlo. En esas estamos. Si acaso significa algo, es que el trabajo es una trampa. No creo en Freud, yo creo en Bob Black. Y punto en boca.Etiquetas: Land escapes, Sobre cine, Twitter
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