10.1.09
  Twit #00062

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5.8.08
  Twit #00061

Me he dado cuenta ya en la prórroga de que hoy este blog cumplía tres años. El otro si no me lo hubiese cargado haría cuatro y medio. Debo decir que por el camino, a lo tonto, no sólo he salido gratificado por el feedback con la gente en los momentos en que ha funcionado, sino que me ha salido un curro y todo, a base de escribir en la Red, un curro que de momento mantengo pese a que soy bastante desastre con las fechas y en gran medida con los contenidos, tan personales que sólo los visitaría yo, si no fuese porque los hago yo, y por lo tanto no los visito fuera del horario que me impongo.

Abrirme parcela en Blogger también me sirvió para conocer a quien a día de hoy es mi esposa y madre de mis tres churumbeles, así que no puedo negar que algo de provecho le he sacado a la experiencia. Además, este blog me puso en contacto con el actual Dalai Lama, que me regaló un pétalo de una flor que sólo crece en la cima del Himalaya que, al menos de momento, me está purificando, tiene mi alma en permanente armonía con la Madre Naturaleza y a mi karma bastante enderezado. El Lamborghini Diablo que me regalaron al obtener el Premio al Mejor Blog del Mundo en la categoría de Ciencia y Nuevas Tecnologías 2006 también me hizo mucha ilusión.

Sandeces aparte, lo que quería contar ahora en realidad es un sueño que tuve anoche. Una pesadilla extrañísima que me despertó, entre sudores fríos y todo eso que se dice, en mitad de la noche. A ver si me sé explicar.

Resulta que pasado mañana cumplo treinta años, y mi sueño fue como una especie de vista atrás, el remedo de una terapia de hipnosis regresiva, una recapitulación inconsciente asombrosa que me llevó a retrotraerme a mi más tierna infancia, a mis 5 primeros años de vida; a una época en la que, aunque parezca mentira, no había vuelto a pensar nunca jamás en toda mi vida, por triste que parezca. ¡En 30 años!

En mi sueño volvía al barrio que me vio nacer. Volvía a ver con absoluta nitidez los edificios de la barriada que recorría entonces desde el carricoche o a lomos de mi padre. El parque en el que jugaba. El puesto de las chuches. Mis amigos de la infancia. A mis difuntas abuelas dando por hecho que yo era un niño monísimo y con un esperanzador futuro por delante. También salía un viejo vecino también fallecido, en quien tampoco había vuelto a pensar desde 1983. Aunque todo era irreal, como de atrezzo de los Teletubbies, muy diferente de como lo recuerdo en vigilia.

En mi sueño las casas curiosamente no tenían esquinas, ni por dentro ni por fuera; todo tenía formas redondeadas y voluptuosas. La decoración era muy naïf y muy infantil: colores chillones, módulos IKEAnos, accesorios de kindergarten por todas partes. Las habitaciones eran enormes, y cruzar hasta la otra acera de las calles me llevaba mucho rato, como en el Frogger... Y es porque yo era un bebé. Se me aparecieron centenares de personas, objetos y lugares que tenía absolutamente olvidados.

Yo di mis primeros pasos, a juzgar por este horrible sueño, en una especie de escenario pop de dimensiones gigantescas, y como diseñado por Agatha Ruiz de la Polla, repleto de túneles blancos con tejaditos rojo chillón, al borde del mar, en el que habitaban docenas de personas en las que no había vuelto a pensar hasta ahora, en los días previos a mi treinta cumpleaños. Gente ya fallecida o sencillamente caída en el recíproco olvido. Y a los cinco años, según el argumento de este sueño, mi familia y yo nos trasladamos a vivir al piso de siempre, en el que mis padres siguen viviendo, y del que yo me marché con 23 años. En esta nueva residencia, en sus vecinos, en sus lugares y en la niñez y adolescencia que allí transcurrió sí que he vuelto a pensar montones de veces, y todavía voy de vez en cuando y les vuelvo a ver a casi todos, y forma parte de mi pasado inmediato, y en buena medida de mi presente. Pero aquella especie de parque de atracciones para bebés (os lo juro, todo era colorista, había juguetes por todas partes, toboganes, piruletas, cometas, televisiones en color emitiendo cosas guays) en la que aprendí a controlar esfínteres, la había olvidado por completo, de forma injusta y cruel. Y había tenido que venir ahora Morfeo a llevarme de la mano y abrirme los ojos a esos cinco primeros años de mi vida apartados de mi mente, en los cuales dejé tantas cosas atrás, y que pudieron haber guiado mis pasos en una dirección completamente diferente.

Me desperté, como decía antes, asfixiado, angustiado y muy triste. ¿Cómo era posible que mi cerebro hubiese bloqueado los primeros años de mi infancia, a la orilla del mar, en el País de la Piruleta? ¿Cómo podía yo ser tan desalmado que nunca antes, en los últimos 25 años, había sentido el impulso de echar la vista atrás y volver a aquel escenario, a ver qué tal estaban mis amigos, mis juguetes, mis fetiches, mis raíces?

Me incorporé y me senté en la cama, sudando como un gorrino y con la sensación de haber asistido a una revelación, de haber desbloqueado una etapa de mi infancia que por algún motivo había expulsado de mis recuerdos. ¡Qué mal me sentía! ¡Qué infeliz era, de pronto! ¡25 años malgastados, alejado de aquel paraíso pop en el que era tan feliz! ¡Renegando de todo aquello, de todo lo que pude ser y no fui, todo lo que dejé atrás antes de la mudanza familiar a los cinco años...!

Tardé sólo unos segundos en espabilarme, volver al presente y ponerme a pensar seriamente, y caí en la cuenta de que yo nací y pasé los 23 primeros años de mi vida en el mismo sitio. Que sólo había sido una pesadilla surrealista. Que toda esa historia de mis raíces a la orilla del mar habían sido fruto de mi imaginación inconsciente, y que no tenía nada que corregir ni que remover. Pero de verdad que me sentí fatal, fue una cosa horripilante, muy difícil de describir. Mi sueño pareció durar cinco años, y en él visité un potpurrí de lugares mezcla de realidad y ficción, mezcla de fantasía y remodelación urbana, que me dejó traspuesto.

Tiene que ser triste abandonar el nido y dejarlo todo atrás, y de pronto que te venga todo a la memoria, treinta años después. Como en una peli de Garci pero con payasitos y toboganes. Pero qué cojones, lo siento por quien corresponda, pero no es mi caso. Yo no viví esa frustración, todo había sido producto de una pesadilla. Pero la sensación sí me sobrevino todo el tiempo que duró el sueño, y la sensación es de profunda despesperación. De hecho creo que anduve un rato removiéndome en la cama y profiriendo voces, porque me despertó el gato asustado, dándome coces como si estuviera apagando un fuego. Fue una cosa muy extraña, y me ha tenido todo el día más tonto de lo normal.

Un elemento muy curioso del sueño es que en él aparecía, como mi mejor amigo de la infancia, un chaval que conocí y se quedó en mi vida entre mis 16 y 22 años más o menos (hace todo este tiempo que no le veo) que tenía una discapacidad mental que nunca supe cómo se llama, una especie de autismo muy desarrollado que le llevaba a estar todo el tiempo inmerso en una realidad paralela donde convivían apenas tres o cuatro elementos, de los que hablaba todo el rato. Hablaba mucho, no era un tío retraído ni solitario (aunque se podía pasar horas y horas sentado, con las piernas dolorosamente contraídas sobre la panza, mirando al infinito, pensando quién sabe en qué), pero era imposible tener una conversación coherente con él. Lo que era delicioso era seguirle la corriente y pasarse las horas muertas repitiendo diálogos de "Toy Story" ("Eres un hombrecillo triste y extraño, me das lástima, ¡hasta la vista!") o "Loca academia de policía" ("¡Están rodeados! ¡Salgan con las manos en alto!", "Cadete Majoni, cadete Majoni, teniente Jarriiiiis...!") adivinando marcas de coches o simplemente escuchando sus planes de futuro, propios de una persona sin discapacidad (con su vida perfecta en la Moraleja, lavando el cochazo y paseando a su esposa rubia platino, modelo de lencería), que ambos sabíamos que nunca tendría lugar. No sé por qué, ése gran tipo, al que conocí muchos años después, era mi mejor amigo en el sueño, y todo lo que nos rodeaba parecía efectivamente diseñado de una forma absurda pero maravillosa, como sólo una mente brillante y fuera de lo común como la suya podría hacerlo. Y todo encajaba: yo me fui de allí unos años después, y empezó mi vida tal y como alcanzo a recordar, y aquellos años habían quedado desterrados de mi mente. Era una injusticia, era terriblemente doloroso darme cuenta tantos años después de lo que pude haber sido si me hubiese quedado en aquella ciudad de juguete, con curvas, túneles y gallifantes.

Qué alivio ser de nuevo consciente de que mis últimos treinta años han transcurrido en Madrid, lejos de esa especie de Fábrica de Chocolate mental. Pero qué mierda también, ¿no?

Me desperté dispuesto a vestirme e ir corriendo a reencontrarme con mi infancia, pero no, había sido sólo un sueño. Me tuve que ir a pagar la factura del alquiler y luego a la farmacia a por lo de la próstata.

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20.7.08
  Twit #00060

Tengo este blog muy abandonado, y él nunca lo haría, así que he escogido esta noche insomne, tan buena como cualquier otra, para poner algo aquí. Creo que os debo una explicación, y os la ofrezco gustoso.

El motivo por el que he estado tanto tiempo alejado del blog es porque me vi inmerso, casi sin quererlo, en un incesante torrente de actividades, y un agotador viaje. Todo empezó una tarde, que andaba ocioso en casa y me puse a escribir un cuento breve, una historia romántica de despecho. Me salió bastante lírico, así que le puse una melodía y la anduve tarareando en alto, sin darme cuenta, en un descanso que hice para ir a comprar el pan. Con tal fortuna que por el camino me crucé con quien resultó ser el arreglista de la Casa Real Británica, que no pudo evitar escucharme canturrear, mientras ambos esperábamos con nuestras baguetes a que nos despacharan. Saliendo del Opencor me asaltó y me propuso darle forma a mi composición (si bien admitió que era perfecta, creyó que sería interesante alargarla un poco) y, tal vez, registrarla en su estudio de grabación, al sur de Londres.

Tres días más tarde volábamos juntos hacia la pérfida Albión, en un fétido avión. Real, para más señas. Nos sirvieron cócteles frutales y gulash, para más señas aún. Aterrizamos un lunes de madrugada, y el martes ya estábamos grabando. Mi canción tenía al pobre diablo totalmente obsesionado, y se empeñó en presentarme al director de la Orquesta Sinfónica londinense, convencido de que quedaría también prendado de mi creación; y para mi sorpresa, así fue. Al principio pensé que exageraban y que pretendían aprovecharse de mí de alguna manera que no lograba adivinar, pero os aseguro que a aquel señor tan mayor y tan bien vestido le brillaban los ojos de la emoción mientras me decía que era lo más hermoso que había escuchado en toda su vida. Me lo dijo cenando (dos salchichas rojas como una litrona de grandes, con choucrut) en un restaurante-barco pirata que hay amarrado a la orilla del Támesis. El miércoles volvimos a grabar la canción, pero esta vez me flanqueaba en el estudio una orquesta formada por seis violines, un cuarteto de viento, dos impresionantes sets de percusión, un guitarrista ciego y un pequeño coro femenino, que debo añadir, modestia aparte, que se deshacían en elogios hacia mi composición y me sacaron los colores, y todo.

No recuerdo exactamente en qué momento la cosa se fue de las manos, pero el caso es que fui como invitado especial al prestigioso show de Graham Norton, la noche del miércoles (ver video en Youtube). Para la ocasión, ejecutamos mi pieza en directo desde el inmenso plató exterior que tiene el complejo de la BBC. Y dada la repercusión del momento (que ellos mismos le otorgaban, yo os aseguro que seguía perplejo ante tantas atenciones), accedieron gustosos a todas mis sugerencias respecto al acompañamiento instrumental. Todavía algo receloso ante tanto elogio, decidí tantear un poco para ver hasta dónde estaban dispuestos a llegar. Se me ocurrió entonces defender la idea de que mi pieza sonaría mejor si el cuerpo de violinistas tocaba subido sobre una manada de elefantes pintados con la bandera de Antigua y Barbuda. Sólo bromeaba, tratando de poner en evidencia el montaje del que yo estaba convencido de estar siendo víctima, pero al oír mis palabras el responsable de atrezzo me miró con admiración y comenzó a aplaudir, entusiasmado (pronto todo el equipo se le unió en los aplausos, exultante de gozo). Profiriendo vítores, me abrazó con fuerza, emocionado y tembloroso, asegurándome que era la mejor idea que había escuchado jamás. Incluso despidió, colérico, a dos de sus asalariados, por no habérseme adelantado en la sugerencia. Debo decir que me pareció una decisión desagradable y desorbitada, pero no permitieron que me sintiese culpable en ningún momento. También contrataron al coro de 36 castrati que pedí (trece de ellos castrados para el evento), e incluso me trajeron sin rechistar el órgano de la capilla de Westminster, con la única condición de que lo tocáramos solamente el arreglista de la Casa Real Británica o yo, pero nadie más.

No me extenderé con los detalles de aquel recital; sobre el enorme escenario había casi 250 músicos, bajo una carpa de cuya cúspide nacía un entramado de tubos de titanio que dirigían el sonido, amplificado, limpio y envolvente, hacia todos los flancos. Tal y como yo había expuesto, tal y como mi canción fue fecundada por primera vez en mi cabeza, cuando aún apenas andaba tras ella delante de un folio en blanco, unos días antes, en mi casa. Confieso que yo mismo sentí por un momento un cosquilleo; la sensación de estar formando parte de algo formidable, extraordinario, babilónico.

Al día siguiente muy temprano, aunque me apetecía un cojón, me llevaron a tocarle el tema, mi tema quiero decir, a su majestad la reina Isabel. Por motivos de espacio y de tiempo no era posible contar con el despliegue humano del día anterior, así que me limité a cantar mi canción y tocar la armónica entre un verso y el siguiente. La reina y otros señores que había a su lado se emocionaron mucho. A esas alturas ya estaba agotado, pero todavía quisieron exprimirme algo más. No puedo tener quejas (por favor, que nadie me malinterprete) ni del trato ni del montante en libras que estaba recibiendo por todo este trabajo, pero tampoco puedo ocultar el hecho de que me sentía en buena medida como un pelele, de aquí para allá, ora una entrega de premios, ora una función benéfica. El resto de aquella semana fui de programa en programa y de teatro en teatro con mi canción.

Después de las islas británicas me llevaron de gira por casi todos los Estados Unidos, como si fuesen unas primarias. En Massachussets me acuerdo que me quebré, literalmente. Me venció el agotamiento. El mejor recuerdo que me llevo del periplo yanqui (tal vez el único) fue en Colorado, cuando me permitieron construir un arpa gigante con cuerdas de varios kilómetros, fuertemente tensadas a lo largo de una depresión del Gran Cañón, que yo mismo percutía accionando unas enormes grúas (gracias a una virguería mecánica, lo hacía desde un sencillo teclado que manejaba las grúas mediante un complejo sistema hidráulico; cada tecla se correspondía con el movimiento de una grúa) que nos prestaron. Creo que, musicalmente, fue el momento en el que más justicia se le hizo a mi pieza, tal y como yo la había concebido inicialmente (aparte de la actuación en la BBC, que fue la hostia en verso). Aunque tocar sobre la cabeza del ex-presidente Thomas Jefferson en Rushmore tampoco estuvo mal. O el dueto con Tom Jones, joder, ya no me acordaba, eso también fue muy divertido.


La gira se acabó complicando y alargando, porque las dos terceras partes de los Niños Cantores de Viena cogieron una cagalitrosis terrible en Laredo, Texas, y tuvimos que posponer la segunda mitad del tour americano, y es hasta este momento que no he podido actualizar esto. Lo siento, y espero que sepáis disculparme. A ver si cojo otra vez inercia y retomo el ritmo habitual, ahora que he vuelto a Madrid. Se supone que la gira debería llevarnos por todo América Latina, luego de vuelta a Europa y después hacia el Lejano Oriente, donde teníamos ya bastantes fechas, pero les he mandado a todos a tomar por saco. Total, la cancioncita de los cojones es mala con avaricia.

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4.4.08
  Twit #00059

Hoy ha sido otro de esos escasos días en los que existo antes de que acabe el parte, y que aprisiono en la memoria como tesoros. Hoy además el sol está brillando de una forma galvanizante, asombrosa, haciéndose omnipresente. Me he comprado las primeras gafas tintadas de la temporada; que no es que coleccione, sino que soy rompedor de gafas profesional. Pasé por el mercadillo del Dos de Mayo (me muero por saber por qué lado revienta en su segundo centenario, estas próximas no-fiestas), y me hice con el "De qué va el rock macarra" de Diego Manrique, "De qué van las comunas" de Pepe Ribas y el primer (¿y único?) tomo de "Conversaciones con el rock", que incluye entre otras una larga entrevista para Rolling Stone con Frank Zappa fechada en 1968, recién editados su 3º y 4º disco, y viceversa. Después de despacharse hacia los directivos de MGM y sus respectivas familias, da su opinión acerca de la juventud de entonces, comparada con la de finales de los años 50s. Dice:

«Ciertamente las cosas son más fáciles para ellos, ¿no es verdad? En aquellos días tenías que pelearte a puñetazos con tu padre para que te dejara el coche. Hoy se lo pides y él te dice ¿cuál de ellos? En los viejos tiempos te peleabas con tu viejo y cada uno sacaba los trapos sucios del otro, y él iba y te decía tienes que estar en casa a las 12 —y tú estabas en casa a las 12—. Hoy, los padres no se atreven a decirte a qué hora tienes que estar. Temen que no vuelvas. Tomarás ácido, te unirás a un grupo de rock and roll. El marcharse de casa no es como antes.».

Leía este párrafo haciendo cola para entrar en la boca del metro de Chamberí, la famosa "estación fantasma". Para los que son de fuera, resulta que entre dos actuales estaciones de metro céntricas (Bilbao e Iglesia) existió en tiempos otra parada, que fue clausurada en 1966 durante unas reformas, debido a que el túnel a su paso por ésta es curvo y tiene cierta pendiente. Desde que alcanzo a recordar, cuando era niño al pasar por ese tramo entre una estación y otra, miraba por la ventanilla del vagón haciendo pantalla con las manos, para ver el andén de la "estación fantasma", ese lugar abandonado y oscuro donde se decía que vivían indigentes devoradores de cocodrilos. Y hace menos de quince días, el señor alcalde inauguró aquí un "proyecto de rehabilitación histórica", lo que se llama burocrática y un poco ridículamente "Centro de Interpretación del Metro de Madrid", que no es otra cosa que un paseíto guiado por un breve tramo de pasillos asépticos, conservados tal y como se montaron en 1919, y una salida al andén, donde mágicamente después de una limpieza imagino que tediosa han aparecido un puñado de esos bellos y excitantes anuncios de principio de siglo, pintados directamente sobre las baldosas de las paredes. Para mí, que sigo en la fase anal, y que además vivo practicamente encima de este agujero interdimensional, ha sido una visita trepidante y evocadora, un fantástico viaje en el tiempo. Imaginad que a mí, como un bobo, como un mono detrás del panel de plexiglás observado por los viajeros del Metro que volvían del curro en ese momento, con mis gafas de sol del siglo veintidós y mi móvil 3G, hasta se me han escapado unas fotos con el móvil. Qué emoción, ver el logo del Metro (diseñado por Antonio Palacios, el mismo arquitecto de las primeras estaciones y autor por ejemplo del edificio de Telefónica, nos contaba la azafata, que tenía un cuerpo de escándalo, al menos ahora que la primavera me aturde) atravesado por la palabra "CHAMBERI". Aquí están las fotos que mejor han salido, que para ser con el móvil no están mal:


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Qué bonito el logo, los carteles, los anuncios de época, el culo de la azafata, el sistema de iluminación, la Primavera, mi móvil nuevo...

A mí me mola el Metro. A pesar de que pensar en esa empresa me devuelve la imagen mental de Esperanza Aguirre, un ser que me hace llorar y patalear de rabia, y a pesar de que las estaciones nuevas recuerdan a pasillos de hospital faltos de camas, con una gente tirada y otra gente corriendo como si se anduviera desangrando. Como yo desde hace casi dos años sólo cojo el Metro con gusto y sin prisa, y realmente poco y jamás en hora punta, cada vez me gusta más. Y el paseo por el Metro del siglo de Oro es un punto más a favor. En Madrid además les ha dado por hacer espaciosmultimedia de absolutamente todo, y últimamente organizan horribles festivales de música, desfiles de moda y sobre todo puntos calientes de campaña electoral en las estaciones nuevas, luminosas y gargantuescas como el salón de plenos de la Estrella de la Muerte. Todo esto lo detesto bastante, pero hay que reconocer que las instalaciones impresionan, y le das una patada a una piedra y sale una estación nueva, que ya no saben ni qué nombres ponerles.

Lo que no me gustan nada son los trenes por dentro, que parecen salas de espera post-mortem, y si no hay alguna tía buena dentro más vale mirar hacia el suelo o ir leyendo "Los pilares de la Tierra", porque es muy deprimente. En ocasiones se pueden ven incluso zombies cortándose las uñas [©2006 Enderzillo], peleas entre ñetas y nazis, o punquetas con un radiocassette a tope y pinchándose los porros. Yo me acuerdo de esas ruidosas tartanas que hasta hace poco todavía atravesaban la línea 5. Eran mucho más románticas, con esa jaula bizarra para el revisor y los asientos de granito. De la higiene de los pasillos (qué histórico momento la reciente huelga de limpieza, durante la cual el slogan "Metro de Madrid vuela" fue transformado por el acervo popular en "Metro de Madrid huel'a mierda"), de la puntualidad, de los músicos ambulantes y de la gente-que-va-en-Metro en general, no voy a decir nada, que estaba muy contento yo hoy, leñe.

Otra cosa que sí está muy bien es la publicidad para televisión del Metro de Madrid que echan en el canal fascista local, que también recomiendo vivamente, sobre todo a los de fuera de la capital, que no habrán tenido ocasión de verlos. Los últimos, de la compañía McCann Erickson. Algunos son extraordinarios, puro arte:













Y basta ya de centralismo y de flema capitalina y de dar la tabarra, hombre por dios...

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19.3.08
  Twit #00058

Madrugada de un martes raro como un pie izquierdo, y tocado de esa ansiedad, esa inquietud y ese asomo de paranoia que se apodera del borracho en ciernes al que le ha cortado el rollo y le ha mandado a casa de una patada en el culo un amigo sensato, estoy más sereno que el pito de un sereno. En otra época me habría dado por abrazarme a una farola y cantarle saetas, pero aquí y ahora tengo un blog, así que le voy a dar un uso practico, terapéutico, a estas horas de la mañana, y voy a hacer un twit en mi blog, nada menos. Se lo dedico, por lo que respecta a su contenido visual, a Don Julito y a Kroy.

En cuanto al texto, no tiene razón de ser ni responde a la necesidad de desahogarme por nada, esta vez. Ha sido una noche muy divertida y sobre todo muy masculina, al lado de un amigote casado y luego de otro que acaba de tantearse una ex, y que en vez de quejarse me ha llevado a escuchar ruacanroles en un bar jebi paródico de Conde Duque, el bar donde te imaginarías a Otto haciendo los cuernecitos, donde se gestó Gigatrón. Nos hemos dado de beber el uno al otro haciendo el avión como dos tontos, pidiéndole temazos al camarero, que además le conozco y me cae como una patada en los cojones y no nos miramos a los ojos, porque él también viene a mi bar y hace lo mismo. Me pone canciones con asco, pero me las pone, y yo le invito a cañas cuando se pasa, tiradas con desgana y deseándole la muerte.

No tengo más que contar, no ha pasado nada, ni nos ha arremolinado la nostalgia, ni hemos ligado ni nada, pero sí hemos tenido un puntito de armonía y hecho pogo como dos mellizos, porque los dos lo echábamos de menos desde hace mucho, y hemos sido muy felicesm, dos tontos felices en mitad de esta semana tan mierdosa y soporífera, que el tercer tonto, el de la barra, nos ha hecho un monográfico de Rage Against The Machine, y andamos como dos grupis contando las horas para el concierto. Además he vuelto suficientemente pronto y suficientemente pedo como para lanzarme a hacer lo siguiente, ya por fin, que es lo que venía a hacer. La parte de desahogo visual, la parte que venía a dedicar a Julitros y a Kroy.

Esta mañana le di la patada definitivamente a mi viejo móvil, descargándome su contenido en el ordenador y guardándolo en un cajón. Dediqué un par de horas a guardar en carpetas cientos de fotos de los últimos tres años, de un montón de acontecimientos, bodas y borracheras multitudinarias, las fotos con las caritas de los conocidos que aparecían cuando me llamaban los respectivos, y un montón de documentos multimedia de esos. Y entre todo este material, había muchas fotos que hice de mi piso justo antes de la reforma. Y como Julito nos enseñó hace tiempo fotos de su pasillo, y Kroy lleva años conminándome y chinchándome con la idea de ver mis estanterías y mis miserias, he optado por desnudarme y hacer dicho recorrido visual con estas imágenes añejas que descansaban en mi cacharro obsoleto, y mostrarlas aquí como una exhibición de atrocidades y vergüenzas, enseñarle al mundo los rinconcitos de mi mierda de zulo. Ahora que he bebido lo suficiente y que el resto de visitantes se ha dormido con este somnífero de introducción, me siento con fuerzas para hacerlo. Un paseo por mi viejo loft, que os lo debía. Que las he pasado a Flickr y son suficientemente pequeñas como para que no haya muchas risas. Pasen y vean. Estáis en vuestra casa:


Ésta era la parte izquierda de un mueblote de madera enorme que venía con la casa, que luego se ve mejor y del que ya me deshice. Encima del video están los fanzines tamaño cuartilla, y esas gafas 3D del Fantastic Magazine estaban en un organizador/zapatero de tela de esos del chino (entre unos CDs), que colgaba del hierro de la cortina, que se rompió y lo tiré.


Ésta es la pared de enfrente. El cuadro de enmedio lo hice yo con acuarelas. Debajo hay un póster de Nueva York de una Geo, y a ambos flancos dos pósters de Zappa. El que está cagando y otro enmarcado en el que salía en su despacho de supuesto "President of the USA", que lo recorté de una Efe Eme.


Este es mi mueble bar, que lo conservo casi igual en otro sitio. Arriba hay tebeos, y abajo las botellas. La puerta por dentro la llené de pegatinas y fotos recortadas, y queda muy malasañero y muy guay, pero sólo se ve cuando lo abro. Ahora en mi casa casí no hay elementos decorativos en las paredes.

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Mi "punto de engorde" antes de tener el portátil, con la minicadena y el mueble del grueso de CDs, que lo heredé de unos amigos pijales. La mesa es de Alcampo, y no tuve que sustituirla, pero ahora sirve de vaciabolsillos y para acumular botellas vacías y cosas a medio leer. Ese ordenador sólo lo uso para escanear y grabar CDs. Ya no tengo ni esa impresora, ni ese router, ni ese teléfono, ni ese flexo, ni fumo esa marca. Lo que sí fueron siempre muy útiles fueron las sillas plegables de la derecha. Aquí es donde más se aprecia lo terroríficamente oscuro que era todo ahí dentro antes de la obra, por más luces que tuviera encendidas.


Esta pedazo librería de madera maciza venía con la casa, y me deshice de ella con la reforma, porque era un muerto. Es el último recuerdo que tengo de mi colección de cintas. Tres filas de ellas, había. La tele ahora la tengo en un mueblecito de Ikea con ruedas, y los CDs están ya todos juntos en un mueble guapísimo que me compré. Tengo una tele con más pulgadas aún, que me regaló mi tía la del pueblo, pero igual de profunda. En la esquina de arriba a la derecha se ve una neverita de Showtime Extreme muy guapa donde cabían justo dos latas fresquitas, que me encantaba y no sé qué fue de ella. A la izquierda justo de la tele está el conjunto que en la primera foto del post se veía en detalle.


Otro rincón desechado, enfrente de la mesa del ordenador. Cuando ponía pósters por todas partes y estaba obsesionado con el horror vacui. En primer plano se ve una estatuita verde que pesa un huevo, que es como mi propia cabeza olmeca simpsoniana, una especie de tótem que me llevé de casa de una hace siglos, que me encanta. Un recuerdo de México, donde nunca he estado durante la vigilia, pero estaré alguna vez.

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Esto es un bodegón de alguna cena de cuchara que me metí algún día que estaba muy aburrido y quise hacer zurbaranadas. Los libros son el "Lunar park" de Ellis y, encima, "Creía que mi padre era dios". El Radical que más me gusta es el de frutas del bosque, y la foto tendrá un año y medio o así.


El ventanuco con las viejas cortinas y unas plantas de plástico de los chinos que tenía en el techo para sustituir una lámpara de araña horrible que venía con la casa.

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Otra vista del mueble central del "salón" (si se puede llamar así; antes de la reforma, durante la cual me tiraron un muro y lo hicieron diáfano, era la única estancia habitable). No sé qué estaría viendo, pero seguro que era algo guay. Encima de la tele hay una especie de escultura abstracta que es en realidad de cartón (que me la hizo un amigo y que muestra la letra "F" se mire por donde se mire, que tiene cierto significado) y un robotito retro que tenía de pequeño, que casi no se distingue.


Un detallito emo y bien pop, que podría ser perfectamente cabecera de un Myspace. De estas figuritas tengo unas cuantas. Me las compré compulsivamente hace mucho. Pero no colecciono ni nada.


La pecera estaba a la entrada, y quedaba muy chula, de casa de catálogo. Se me murieron todos los peces (llegó a tener 7 inquilinos en su mejor momento), porque desde que tuve el gato dejé de darles de comer. La pecera la tiré a la calle, aunque me costó una pasta.

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En esta parte casi no había luz, no sé cómo se ve tan bien. Ahí estaba todo apiñado, la mesa del mus, tebeos, libros y porquería. Poco antes de la mudanza/reforma. Ahora está todo mucho más pulcro y organizado y repartido, las cosas tienen sitio y tengo estanterías altas por todo el perímetro, mucho mejor.

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Esta es la pared de los vinilos. Después de la obra lo puse tal cual, así está ahora, pero con otros discos. No tengo muchos (el tocadiscos lo tuve que tirar, y me compro casi sólo por fetichismo, o directamente por la portada), y los voy cambiando cuando limpio o cuando va a venir alguien.

Y estas son las más enseñables, de las que he encontrado. Luego está la cocina y el váter, el robusto y gigantesco armario ropero que también tenía lleno de pósters (ahora es un sobrio jrudlümbq de Ikea) y el rincón con la cama. Al principio tenía una cama en alto, la parte de arriba de una litera en realidad, en la zona oscura detrás de la pared (de esta zona no tengo fotos, porque con el móvil era imposible, que era como la bat-cueva; en la del bodegón se adivina detrás de una cortina), pero luego decidí comprarme un sofá-cama frondoso y duradero, que todavía lo tengo. Ahora está todo más mejor, las paredes pintadas y gatos y un sillón orejero, doscientas polladitas de Ikea y una mesa de centro de cristal y revisteros y cosas chachis que antes no cabían.

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11.3.08
  630. Estronjos

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© Marcus Barnard

Acogiéndome a esa máxima mía que reza que "éste es mi blog y aquí huele a lo que yo quiero", voy a contar una historia bastante boba que me acaba de venir a la cabeza.

De pequeño tenía un vecino, puerta con puerta, con el que jugaba a las chapas, a los muñequitos, a la pelota o a darnos de hostias, desde que éramos bebés y hasta los quince años o así, que es cuando dejamos de dirigirnos la palabra. Y apenas caminábamos erguidos cuando nos dio por adentrarnos en el maravilloso mundo del rol.

Aquí en Madrid se empezó a hablar de eso allá por mediados de los ochenta. Sabíamos que había una cosa que se llamaba "jugar al rol", y que era, para nosotros, algo asi como un libro interactivo de "Elige tu propia aventura", pero sin libro, sino que uno de los dos contaba una historia y el otro tomaba decisiones para ir avanzando en la aventura. Sabíamos que era imperativo que saliesen dragones, orcos y nuestra vecina de arriba, y pocas reglas más (todo esto era mucho antes de que empezase a pasar de mano en mano aquel tocho de fotocopias en inglés del AD&D 2ª ed. que cambió la vida de los pajeros de mi generación). Casi siempre era mi vecino el que contaba la historia. Me acuerdo perfectamente de que lo que más le gustaba era hacer onomatopeyas. Ponía voz solemne y me decía algo así como "Vas por un pasillo y hay una puerta. ¿La abres?". Yo, acojonado, decía "Sí", y por supuesto él, muy serio, muy despacito y mirándome fijamente, empezaba a imitar el ruido de unos pasos, unos goznes crujiendo, un hacha saliendo de la nada y mi cabeza volando y rebotando en el suelo. Después empezaba a agonizar, se tiraba al suelo y estiraba la pata de mentirijillas, con muchos aspavientos. Yo me quedaba triste, porque había perdido y nunca sabría que había detrás de la puerta.

Mi vecino era bastante embustero de pequeño, la verdad. Me mangaba juguetes, se inventaba excusas para romperme cosas, nos metía miedo con historias de fantasmas y marcianos, y acabó bastante solo en el barrio. A día de hoy evitamos cruzanos cuando vamos de visita al nido. Con lo que fuimos nosotros... Me acuerdo que una vez nadie quería ir a su cumpleaños, y me dijo, a ritmo de lapazos a través de su horrible aparato dental, que porfa, que fuese, que se había comprado un juego para el Spectrum que tenía de todo, que volabas y luego eras James Bond y luego conducías un tren y luego destruías la Estrella de la Muerte y que salían tetas y etc., etc. En ese plan, era un vecino poco querido, bastante pusilánime y trolero. Pero inevitablemente era mi vecino de al lado y nacimos con un par de semanas de diferencia, así que llevábamos lustros compartiendo hasta el patito de goma en la ducha. Pero me he ido por las ramas, y yo a lo que iba es a que esta misma mañana, hace unos minutos, he pillado a mi ex vecino en su enésima trola, y me ha venido todo esto a la cabeza y se me ha quedado cara de tonto.

En aquellas partidas de nuestro juego de rol discapacitado e inventado, decidí en un momento dado que mi personaje vivía en una casa en un árbol. Y mi vecino, sin pensarlo dos veces, haciendo de narrador, con esa voz engolada y un poco gangosa y poniendo esa cara de circunstancias, me informó de que una casa en un árbol era un "estronjo". Que mi personaje vivía en un "estronjo". Y por alguna razón ya no se me quitó esa palabra de la cabeza. Hasta el día de hoy, en los 20 años subsiguientes, más de una vez recuerdo haberme visto en la tesitura de tener que explicarle a alguien, orgulloso de extender mi cultura multidisciplinar, que una casa en un árbol era un "estronjo". Que Bart Simpson tenía un "estronjo", igual que Punky Brewster o los ewoks. Ahí, todo chulo, presumiendo de conocer términos restringidos y especiales, presumiendo de amante del género fantástico, presumiendo de sillón en la academia.

Y hace un rato he ido a buscar una foto de una casa en un árbol en Google, de un "estronjo", y la cruda realidad se me ha mostrado, me ha traído a la memoria todas estas cosas y me ha recordado que yo soy un pánfilo y mi vecino un pobrehombre.

Y me debe siete G.I. Joes.

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27.1.08
  Twit #00057

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El cromo éste de Peter Bagge tan bonito que he escaneado torcido, refleja más o menos lo que está dando de sí 2008 para mí. Añadamos otro glosario de la cagalitrosis ("desbeber", "fabricar estalactitas", "entrar en erupción", "encender el riego del césped"...), otro de la tos ("escupir el corazón", "imitar a Bruce Lee", yo qué sé, "un alce en celo al amanecer"...), otro de la mucosidad (hace cinco minutos acabo de recolectar tema como para repoblar el estanque del Retiro), un tratado de dolores estomacales y musculares, fiebres, tembleques, noches en vela, pesadillas absurdas en modo bucle, sudores fríos, munitis, episodios de inapetencia sexual, apatía general, y todos los glosarios que se os ocurran. Me acuerdo que me puse malo el 3 de enero, que me empezó a doler un poco la garganta (he tenido placas y hasta pus en la garganta, me dijo el Dr. Hibbert), y desde entonces hasta hoy todo ha ido de mal en peor. Con algún despunte, como el fin de semana pasado, que apenas tenía algo de tos con mocos (está cargado...) e hice vida más o menos normal, y otra noche por ahí que me fui a tomar algo como está mandado, TODO lo que va de 2008 lo he pasado en la cama. En este campamento de guardia que he improvisado al lado de la cama en el que tengo un puñado de libros, dos millones de cajas de medicinas, vasos variados, un tercer rollo de papel higiénico (para coleccionar blandi-blub, no para lo otro), el portátil y el muestrario de mandos a distancia. He comido en estos 24 días más o menos la misma cantidad de sólidos que en Nochevieja, o incluso menos.

Hoy por fin noto que salgo adelante. Me apetece hacer planes, que venga el buen tiempo, que mi existencia siga su curso. ¡Ya no quiero morirme! He salido a tomar unos trinaranjus, con mis clínex y con una versión ya ridícula de mis glosarios, y estaba alegre, me lo he pasado chachi, y notaba remitir poco a poco las placas de la garganta. He vuelto a mi cueva antes de las doce, y están echando una peli de adolescentes en trenza y fardita en Cuatroº, con lo que animan estas pelis los sábados por la noche... Mi mamá me ha traído de vuelta las cortinas, unas muy alegres de color naranja que me ha lavado y me ha recortado un poco, y mañana las cuelgo, y voy a comprar una planta aunque se la coman los gatos, y si me levanto con este mismo espíritu me voy a liar a pasar aspiradoras, a ordenar mi casita, a hacer el fregado de todo el mes, luego a tomar unos vermús, a pasear por el Rastro, a oler rododendros, a bailar un twist encima de una mesa en una terraza. Voy a acertar más de trece en la quiniela, y por la noche voy a ir a ver a Mamá Ladilla pá jartarme de reír, voy a quemar mis clínex, voy a recibir febrero a puerta gayola, voy a rodar un anuncio de compresas.

Esto no significa nada para vosotros, ni tampoco para el blog (que no es que tenga planes, que ya sabéis los habituales que esto es una cosa hueca y de pocas sorpresas, una evasión y un punto de encuentro como otro cualquiera; si acaso, que pronto volverán los escaneos de MB) ni nada, pero significa muchísimo para mí. Yo no recuerdo haber estado en mi vida más de tres días seguidos enfermo, y poquísimas veces al año (otra cosa es que sea por principios muy amigo del absentismo y haya sido siempre muy creativo con mis jefes), y estar más de 20 días hecho una mierda y sin salir de la cama más que para trabajar algunos días me estaba destrozando, me estaba cambiando el humor y el ánimo, y todo el mundo me lo decía. Y tengo la sensación de que esto se ha terminado. Y aprovecho también para dar carpetazo a la polémica previa y mandar un abrazo a los habituales. Que todo vuelva a la normalidad, que estaba febril y hecho trizas y ha sido todo muy raro y muy doloroso. Siento que por fin este suplicio se termina, y lo tenía que contar.

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22.1.08
  Twit #00056

Me pasó el otro día una cosa bastante curiosa y chocante que quiero contar aquí, para ver si alguno queríais darme vuestra opinión.

Resulta que en mi parcela de ridiculez pública en Twitter se me ocurrió preguntar al aire si acaso yo era el único al que le parecía raro que en elpais.es tuvieran a un columnista asalariado para que lleve el blog de El Pais sobre cine, y que éste (un joven director novel) se dedique casi exclusivamente a hablar de una película que ha hecho. Me refería, claro está, al blog de Nacho Vigalondo, la supuesta Gran Esperanza Blanca de nuestro cine patrio, que ha rodado una cosa que nadie le distribuye, y que nos cuenta día a día cómo la mueve por aquí y por allá y reseña cada uno de los lugares en los que hablan de su película. A mí esto me parecía raro, e incluso un poco impresentable por parte de El País. Me siento insultado por El Pais, que como lector y aficionado al cine decido seguir al periodista al que El Pais ha contratado para llevar un blog sobre cine, y me encuentro con que este señor sólo habla de su película, exclusivamente de su película, de cómo nadie quiere distribuir su película a pesar de la buena acogida que tiene su película en los circuitos americanos independientes (donde por lo visto quieren rehacer su película) o de lo tontos que son y lo equivocados que están los que critican su película. Y vale, a mí esto me parece muy bien, pero ¿dónde está el blog sobre cine? Un blog sobre las vicisitudes de una puñetera película me importa tres pares de cojones. Ni aunque fuese el mismísimo blog de "Ciudadano Kane" escrito por Welles y Hearst a dos manos, ni siquiera aunque contase algo interesante para cineastas en ciernes como pudieran ser detalles del rodaje, lista del catering o fotos descartadas de los desnudos frontales femeninos. ¿Acaso soy el único al que le parece un poco impresentable, como decía antes, que alguien de El País decida pagar a un tío por hacer promoción 24/7 de su dichosa peliculita? ¿Esto no funcionaba al revés hasta hace poco?

Insisto en lo de El Pais y en lo de pagar, porque si Vigalondo se abre su propio blog de promoción me parece fabuloso, o si Vigalondo le paga a El Pais por que le hagan promoción de la pobre de su película, que es como se ha hecho esto toda la vida. Pero que una forma de periodismo autobombo tan vacía, tan localista, tan bochornosa y tan mercantil la realice un señor en nómina, me parece un error. Y, tal y como dije en el otro sitio, me parece legítimo por parte de Vigalondo que chupe del frasco mientras se lo permitan (que a mí no me afecta, que ni soy periodista ni director novel, pero me solidarizo con todos ellos por el injusto trato que El Pais les profesa), pero no comprendo cómo alguien de El Pais permite esto. Me parece un modelo de columnista sin precedente alguno en el periodismo. Y por eso lo denunciaba, se lo contaba a las tres o cuatro personas que me pudieran leer ahí, para que dieran su opinión. Y resulta que la única persona que me dio su opinión fue el propio Vigalondo (Vigalounge en Twitter), que haciendo gala de una omnipresencia que a mí me dejó asombrado, abandonaba su largo silencio en Twitter, de varias semanas, para explicarme educadamente que soy un gilipollas frustrado y que cómo se me ocurría cuestionar su blog. Que si acaso prefiero que hable de mí y que, repetía para dejarlo claro, soy un gilipollas.

Yo no entiendo nada. Debe ser verdad que soy gilipollas, pero sigo sin entenderlo. Que El Pais elimine de un plumazo a colaboradores magníficos, alguno de los cuales han escrito columnas sobre cultura y/o sobre cine que practicamente han cambiado el devenir cultural y abrieron los ojos a toda una generación o dos (me refiero, por supuesto, a Jordi Costa), o que se gane miles de puntos llevándose por fin a su cabecera a Carlos Boyero (que nunca entendí qué pintaba este gran hombre en El Mundo), y que sin embargo contrate a un tipo para que se haga autobombo y no hable de nada interesante más que para él y sus productores, a mí sí que es verdad que me frustra. Me parece una vergüenza. Me da bastante ascazo. Pero no me da asco Vigalondo; o al menos, no por esto. Lo que me da asco son este tipo de decisiones editoriales, y que los habituales lectores del blog de Vigalondo sean todos tan cerriles y más vigalondistas que el papa y permitan que pase esto. Porque esa es otra... Que con la excepción de Tones, al que admiro profundamente, las groupies de Vigalounsshhh me parecen la piara más infecta de la blogosfera, y casi uno por uno, unos patanes y unos niños a medio cocer. Y estoy pensando en dos o tres que... En fin. Da lo mismo. Tenemos los blogs que nos merecemos.

Y tampoco tiene más enjundia. Que El Pais es una empresa privada, y Vigalondo atrae a ese tipo de lectores con píxeles por neuronas y sigue colando publicidad, y ya está. Pero me parece una pena esto. Y encima me llama gilipollas a mí, porque me gustaría que dejara de dar la brasa y que escribiera sobre cine...

La verdad es que esto es lo más trepidante que me ha pasado en lo que va de año, querido diario, porque llevo ya 20 días casi sin salir de la cama, que empiezo ya a pensar que tengo el virus del Legado. Y poner en evidencia y, sin querer, en pie de guerra, a un futuro jurado de Mira quién baila, me ha animado un poco.

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9.12.07
  Twit #00055

El domingo pasado a estas horas me dio un flús, un repronto, y (sin saber muy bien por qué) me sentí empujado a coger un autobús para escapar de la rutina. La rutina y la monotonía me estaban asfixiando, literalmente. El otro día estaba en casa viendo la tele y comiendo salchichas, y súbitamente empecé a toser, y a toser, y no me llegaba el aire a los pulmones. Apenas a la glotis. Salí corriendo a buscar una farmacia de guardia o un traqueotomista barato, muy preocupado porque nunca me había pasado nada parecido. Se supone que estos ataques le asaltan al no-asmático sólo una vez superados los sesenta años; debió ser algo de la ansiedad, o del pánico, o quizá la tormenta después de la calma: el resacoso vértigo posterior a la ataraxia crónica de las semanas previas. El colesterol lo he descartado. Yo lo asocié con la rutina, y desde entonces me rondaba la idea de largarme a ver el mar antes de fin de año.

Y vuelvo a lo que venía a contar, que es que me cogí dicho autobús y me fui a Barcelona, porque no había estado nunca en mi vida, y porque mis quimeras habituales de evasión no estaban disponibles. Estuve cuatro días enteros en Barna. Llegué el lunes a las nueve de la mañana y volví a Madrid el viernes a las nueve de la mañana. Me alojé en un hostal muy céntrico, yo solito, y me di interminables paseos, con mi abrigo de jubilado y mi mejor cara de pánfilo. Cubrí más o menos el cupo de turisme (me hubiera gustado entrar en la Casa Batlló, pero costaba 17 euros sin consumición; una vergüenza), visitando todo aquello que pasara por monumental. Gasté dinero con una alegría y una destreza que ya quisiera para sí el señor Roca.

Compré un montón de libros, fanzines y artbooks de importación que no llegan a Madrid. Algo de música, un poco de ropa de emergencia, y en general comí muy bien. Dormí poquísimo. Sólo dos noches de cuatro. Me llevé una impresión paupérrima acerca de la vida nocturna y el tapeo barcelonés. Me dio mucha pena. En el centro de Barcelona hay muchos más turistas viejos por metro cuadrado que en todo Madrid. Más turistas que personas, de hecho (y cada uno con su séquito de delincuentes y descuideros, encima). Tiene cierto aroma a parque temático post-apocalíptico (o post-olímpico) y eso también me decepcionó mucho. También es verdad que fui entre semana, sólo cuatro días cualesquiera (que hay más días que butifarras), y en mitad de una crisis espiritual y sentimental bastante gilipollas (de la que es obvio que no he emergido del todo). Y asumo también que hablo un poco desde la envidia castiza, porque Barcelona es una ciudad majestuosa. Aprendí entre otras cosas que cuesta lo mismo una mamada en la Boquería a las tantas que un taxi desde el centro hasta la estación, que la entrada a mano armada de la Casa Batlló o que la autobiografía de Blue Demon.

No conocía a nadie allí, y como digo mi objetivo era ser un one-man Imserso, dar paseos y poner en orden mis pensamientos [risas], pero al final tuve planes todos los días. Quedé con catalanes (de adopción) ilustres de listas de correo, una cosa que nunca me había atrevido a hacer aquí en Madrid, o nunca me había dado por ahí. Supongo que formaba parte de la terapia. Con Abs me tomé una botella de vino, algún chupito y una copa. Con Xan fuimos a tercios (metjas), de sobremesa; y con Risingson cayeron cuatro o cinco patxaranes, antes de salir. Encajaron mis interrogatorios y creo que hicieron grandes esfuerzos aguantando visita entre semana. Con los tres me lo pasé muy bien, tuvimos conversaciones con gloriosos picos de interés (y de viral e insano chismorreo, también), y me gustó conocerles. También quedé con otra gente que sí sabía previamente que eran de carne y hueso, y cada uno me enseñó su propia Barcelona. Cada uno me hablaba de montones de cosas hermosas, pero todos coincidían en lo mismo, en cuanto a lo más negativo que tiene esta ciudad. No era sólo impresión mía.

Eché un poco de menos a mis gatos.

Como pasa siempre que uno centra temporalmente su reducido círculo de obsesiones en algo nuevo, en estos días posteriores no he parado de ver catalanes en Madrid, de traducir mentalmente todo lo que leo al frunocatalán y de leer o escuchar cosas sobre Barcelona. Ya en Madrid coincidí en un bar con un grupo de rockabillies muy curiosos y folklóricos, que resultaron ser los responsables del sello
Chaparra Entertainment, cuyos fanzines sigo desde hace tiempo. Barceloneses ellos, me confirmaron la teoría de que Barcelona es una ciudad incompatible con el tapeo y el sanísimo ambiente del bar español de toda la vida. Que hasta en Portugalete se pide uno una caña y se la tiran bien, y le ponen una tapa, y la gente bebe y grita y vomita por la calle, y hay gente hablando de la corrida de toros, coño, que tampoco pasa nada, que aún así semos europeos.

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11.11.07
  Twit #00054

Voy a poner algo, que me aburro. Esta mañana, por Malasaña / Conde Duque, entre un vermut y el siguiente he descubierto mi garito favorito de todos los tiempos. Todavía no he entrado, porque estaba cerrado, pero desde fuera me ha parecido como si estuviese viendo el escenario en el que transcurren muchos de mis sueños, o donde rodaron mis implantes de memoria: un bar pequeñito y recóndito, decorado al estilo de los años cincuenta. Con su jukebox, sus mesas, barra y cuadros de diseño retro, un tropel de detalles de flipado por lo yanqui añejo y un pantallón que emite películas de monstruos contra surferos en blanco y negro. Me lo he imaginado lleno de sandysues en falda de volantes y billyjoes en polo de football tomando batidos en pajita y devorando hamburguesazas de tres cuartos de libra, y ya he decidido dónde voy a organizar la cena de Navidad, aunque no haya sitio para hacer un concurso de baile por parejas, ni estamos ya para demasiados trotes. Porque una de las pocas virtudes que tengo es un poder de convocatoria bastante decente, entre mi grupo de amigos; que tal y como se han ido erosionando las relaciones entre alguno de ellos, no es moco de pavo. A lo largo del año no me canso de ir a saraos organizados por mis colegas que dejan bastante que desear (en cuanto a afluencia), sinceramente. Pero las pocas veces (una o dos al año) que decido darle a la gente la brasa por e-mail y organizar una kdd general, puedo presumir de que responden en masa, confirman enseguida, muy ilusionados, nos juntamos por docenas y se crea una gran expectativa. Y mola muchísimo. Cumplo años en pleno verano y nunca lo celebro, así que me quito la espinita en estas ocasiones, aunque sea sin obsequios ni protagonismo. Quizá sea por los precedentes, por cuatro o cinco reencuentros gloriosos que coordiné en el pasado, que quizá pudieron ser debidos a la casualidad, pero que hacen que mis amigos me consideren una garantía para este tipo de cosas. Es más, la mayoría ya me echa en cara de vez en cuando que qué pasa, que a qué espero para organizar la siguiente, que hace mucho que no nos vemos todos. Como si yo fuese el único miembro de nuestro conglomerado al que la gente no va a declinar la invitación. Como digo, es algo que me enorgullece, mantener intacta la relación con todos los viejos amigos de toda la vida, y me sorprende que algunos, a los que veo casi todas las semanas por separado, no quedan nunca ni saben nada los unos de los otros si no es a través de mí. Dejadme que presuma de este don, coñe, que es de lo poco que me queda. He pensado también decirle a la gente que vayamos disfrazados, como extras de "Grease", de "Cry baby", de "Pleasantville", de "Rebeldes", de "West side story" o cualquiera de esas, aunque sea como los Tiburones portorriqueños, que eran más discretos y mucha gente todavía se viste así. Me parece una chorrada, personalmente odio disfrazarme y además me veo a alguna de mis amigas atacada de los nervios la jornada previa, dejándose medio sueldo en una chupita de vinilo y unos zapatos de gamuza, y llamándome para preguntarme si se pone tal o cuál cosa (que sé de lo que hablo). Pero cómo me gustaría ver a alguna de estas, sobre todo a una, con el pelo a lo B52s o a lo Betty Page. En cualquier caso, me parecería muy gracioso, y más fácil para hacerlo perdurar en el recuerdo, que fuésemos todos al menos con un vaquero, una camiseta blanca, una chaqueta de cuero negra y un chicle de fresa ácida que haga enormes globos. Hoy pasando por la puerta me ha venido todo esto a la cabeza, y me ha hecho mucha ilusión. El martes me paso por el sitio y lo hablo con el dueño, o como mucho el jueves, que actúa Jay Jay Johanson en el Café La Palma, que está muy cerca, y aunque me parece un panoli, también hace mucho que me apetecía tomarme una copa y fumarme dos paquetes viendo a un crooner de renombre en directo.

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6.11.07
  Twit #00053

Desde que volví a la actividad crapularia y al limpiarretretismo pubil, echaba de menos mañanas tan intensas como esta de la que acabo de regresar. Esas mañanas de dar largos y sosegados paseos de pensionista, mirar escaparates, minifaldas y cornisas, y meterme donde normalmente no me llaman: en sitios donde se bendice la cultura. Y mira que lo primero que hice al despertar, antes de las ocho de la mañana, fue ponerme el final de una peli, ligerísima y vacua (aunque no por ello pequeña, sino entretenidísima: "Santo en el tesoro de Moctezuma"), con la que me amodorré ayer, y con la que estrené mi flamante y divino nuevo gadget. Después de un café me puse encima del pijama mi parka favorita, esa con la que mi padre jugaba a las canicas, me duché con colonia y me fui al metro. Me asaltaron un puñado de zombies pegándome en la cara con sus periódicos basura. Otras docenas de zombies corrían como locos de un lado para otro, como si les persiguiese "Ash" Campbell. Todos haciendo pucheros, compungidos, recorriendo la Milla Verde hasta el punto de engorde. Había desterrado todo esto de la memoria. Yo iba mirando al suelo, pensando en el mar.

Iba a Lavapiés, a ver si me hacía con alguna entrada para el concierto de Albert Plá de esta noche, que ponían a la venta en la calle Argumosa a las 9:30. Otro café y unos churros. Me encanta que después me expriman un zumo de naranja gigante, como hacía mi madre. Es el dinero mejor pagado del mundo. El caso es que quedaban 6 entradas, y yo quería 4, así que hice bien en madrugar. Qué ganas tengo de ver a Albert, por lo visto en plan intimista, en solitario, explicando cada canción. La otra vez que le vi fue con Jaleo, en los tiempos de "Veintegenarios", y es de los conciertos que recuerdo con más cariño. Hablando de conciertos que recuerdo con cariño, cuando estaba esperando a que llegara la chica de La Boca del Lobo (una Killer Barbie, talmente, majísima y superguapa) pasó a mi lado, en yonquichándal y tambaleándose, de gaupasa, Antonio de Pinto.

Ya que estaba metido en faena, deshice el camino a casa tranquilamente, leyendo la prensa, saludando al panadero y al lechero, viendo caer las hojas secas, azotándoles en el pompis a las mujeres de vida desprendida, bailando un chotis y componiendo sainetes mentalmente. Me metí en la exposición fija de Rimbaud en La Casa Encendida, que es breve pero intensa y completa, y estuve mi buena hora y media perdiendo el tiempo maravillosamente y decidiendo que "yo soy otro", a la sombra de un exochorda korolkowii en el Jardín Botánico, donde entré basicamente porque me estaba meando. Enseguida me di cuenta de que entrar en el Jardín Botánico en Otoño es como ir de turismo sexual al Vaticano. Me oculté entre una colorida jauría de párvulos, e hice la visita completa a su lado, haciendo como que leía en pantuflas, imaginándome los inexistentes rododendros o azaleas que indicaban los carteles, y mirando los resecos plataneros y salix x sepulcralis. Hay un hermoso paseo de bonsáis que no recordaba, y encontré una fuente pública de agua potable fresquita, probablemente la única que queda en cientos de kilómetros a la redonda. También estuve curioseando por las librerías de viejo de la Cuesta de Moyano, y después de una larga y apasionada charla con una dependienta me llevé unos cuantos libros de la Serie B de Midons (toma nota, SIN, ya te contaré al privado: el de Traci Lords y el de Sam Peckimpah de
RL, que buscaba como agua de mayo), uno del Dr. Vértigo y tres descatalogados de los de Miguel Juan Payán y similares (scream queens, enciclopedia de cine nazi y Bela Lugosi) que andaba mucho tiempo buscando. Iba leyendo que se cumple no sé qué efemérides sobre la Gran Vía, por la que pasaba en ese momento, y como vengo diciendo, yo la visualizaba así, con putas blancas, gorditas y majas, con granujas vendiendo estampitas, monjas de tebeo, aguadores, muchachos vendiendo periódicos a gritos... No compré en Doña Manolita porque estaba petado, ni me senté ante el limpiabotas porque ya sabéis que siempre llevo chanclas, que si no...

Total, que me ha cundido la mañana, y además me he traído mis entradas y un saco de libros para la colección; pero en lugar de barquillos, potaje y unas castañas, un cancarro de alitas de pollo del Coronel Sanders.

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1.11.07
  605- Fredi vs. Jason

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"Retrato de felino infernal oculto sobre elepés,
junto a pequeña pelota de tenis de mesa"
Fruno, 2007 (Oil on canvas)


Madrugada del 30 al 31 de octubre de 2007. En vela

Ayer tarde, a dos jornadas vista de la Noche de Todos los Muertos, la oscuridad se apoderaba sin piedad de los callejones del centro de Madrid. No caía una lluvia torrencial, no había ensordecedores truenos ni monstruosas risas de fondo, pero la luna menguante que se escondía detrás de unos grotescos nubarrones de acuarela, enorme, dibujando el contorno del laberinto de viejos edificios retorcidos, vertía pétreas gotas de tenebrismo expresionista al barrio de Chamberí. En el corazón del mismo, en una calle cortada, enfrente de tres badulaques y una chamarilería precintada hace un siglo, se encuentra mi pequeño y colorista laboratorio, en el que vivo con un pejesapo presuntamente inmortal, toneladas de papel impreso y rebanadas digitales, y Fredi, un gato negro de ojos fosforitos y dientes como los cuernos de Belcebú.

Anteanoche iba a tener lugar aquí un ajetreo poco habitual. Era el momento previsto de la llegada a mis aposentos de un nuevo huésped, un bicho indomable, un felino raquítico, cabezón y endemoniado. Negro como el sobaco de un ñu, del tamaño del tigre de He-Man (de Mattel). Era, por cierto, un bicho sin nombre. Mi veterinario (que es la viva imagen de Ned Flanders) me dijo que él le llamaba “Pillín”. Pero yo hubiera preferido llamarle Perro, o incluso Ataca o Puta antes que Pillín. Después de las primeras horas de contacto con Fredi, el nombre por el que he decidido llamarle es Jason. En principio era por hacer la gracia, pero creo el nombre le pega, no suena mal y creo que así se va a quedar.

Como digo, es un moco que pasaría perfectamente por cucaracha o ratón de campo, que parece que está a medio cocer, pero tiene una mala hostia y una tozudez bíblicas, y durante las primeras horas nos tuvo acojonados a sus anfitriones. Con Fredi poco a poco va congeniando. Ya se olfatean las braguetas, amagan formar trenecitos e incluso cosas peores, y se lo pasan pipa peleando por parcelas de territorio. Esta tarde han dormido el uno entre los brazos del otro. Aunque también pasan, al menos de momento, por abundantes episodios de bufidos y blandido de colmillares, de los cuales Fredi, mi oronda y gargantuesca mascota oficial por derecho, siempre sale perdiendo, y acaba cediendo (el lecho, la pelotita o lo que proceda), el muy mangurrián, a pesar de que le cabe entero en un carrillo.

Su relación parece que progresa adecuadamente. La Naturaleza y la fragorosa contienda de orgullos e instintos avanzan dentro de la normalidad, y el objetivo de quitarme de encima las constantes llamadas de atención de Fredi parece que va a ser cumplido. Pero en cuanto a la relación entre Jason y yo… Ése es otro cantar.

En las últimas 30 horas, algún avance hemos hecho. He conseguido tocarle el lomo dos veces sin que temblase como un cerdo ante un matarife, y tímidamente se me acerca y también empieza a olisquearme. Ya conozco alguna de sus debilidades juguetiles o culinarias. Pero cuando estoy presente está generalmente escondido o petrificado por el terror, o en su defecto me amenaza, me enseña los dientes y menta a mi madre en su idioma, y lanza micro-zarpacitos asesinos hacia mis narices. El minino infernal parece talmente la encarnación de Jason Voorhes, o el receptáculo de la gallardía de Jasón y todos los Argonautas juntos.

Espero que acabe acostumbrándose al humano que lo cobija, porque en caso contrario no seré yo quien haga las maletas. De momento, la situación hace que, por un lado, en la casa reine una cautela y una paz zen constante (para evitar cualquier tipo de sobresalto que provoque la estampida del felinín, que a la mínima corre endemoniado detrás de los muebles de la cocina, dentro de los zapatos, debajo de cualquier armario), y por otro lado admito que me ha provocado algún arrebato de ira y ha conseguido que “tapie” todos los recovecos de la casa con trapos (porque ya se ha establecido un récord de duración de una expedición por toda la casa en su búsqueda, entre una amiga y yo: hora y cuarto vaciando armarios y moviendo muebles).

Espero que no haya muchas noches en vela como ésta (que por suerte me pilla totalmente ocioso), brincando encima de mi cama, peleándose por unos centímetros junto a mi almohada o echando carreras entre gritos por el dormitorio (que me siento ahora mismo como si esta cama, en la que intento leer para ignorar la algarabía felina, fuese un bote en mitad de un banco de tiburones). Espero que el espíritu del criminal victoriano que tiene poseída el alma de Jason acabe abandonándolo más pronto que tarde, o esto va a ser un sinvivir. Espero que no tenga que plantearme aquello de si “él nunca lo haría”. Espero no tener que cenar tallarines à la Jason el finde que viene, como alguien me sugirió. De momento, el periodo de adaptación está siendo tormentoso, ciertamente terrorífico, acorde con las fechas.

Ahora mismo son más de las cuatro de la mañana (y sereno), y Fredi y Jason se toman un reprís. De hecho, se ha producido la magia: Jason se ha acercado hasta esta silla giratoria en la que llevo un rato, y después de varios intentos se ha encaramado encima, y se ha sentado unos segundos en mi regazo, por iniciativa propia. De hecho se ha subido a continuación sobre el portátil (ha escrito esto: "bbbbtgggggn8888ccwwww3qqqbbbcbhbbbbbwqcccC", en serio), me ha mirado un rato, me ha bufado e insultado con más educación, y está inspeccionando por vez primera objetos humanos del escritorio sin tenerme miedo, e incluso dándome la espalda.

Por lo demás, llevo dos días de resaca seguidos, y en realidad no estuve en casa durante las primeras horas de adaptación. Esta noche es Nochemala, y yo lo celebro con un mus, y si se tercia haciendo trucos y tratos por ahí con alguna diablesa. Voy a ver si me duermo contando gatitos.

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14.10.07
  Twitter #00051

Querido diario.

No sé qué contar, pero tenía que haberlo pensado antes, porque dejar un post a medias es de cobardicas.

Ultimamente sólo estoy poniendo cromos sin texto, porque casi no me he metido en Internet en estos días, y además no me apetecía mucho, la verdad. He estado de aquí para allá, de zoca en colodra, pin pan, tomando copas y viendo películas y durmiendo una mierda, perdiendo el tiempo a placer en los bares y en los lupanares. El otro día jugué a los bolos, y me duele el bazo casi a todas horas, aunque yo creo que son gases. Estoy leyendo el integral de cuentos de Woody Allen, "El ojo dyndimenio" y Usagi Yojimbo, escuchando mucho a Antony & The Johnsons (que mira que hay que tener paciencia y tragaderas y un puntito casi masoca, pero es que le gustan a una pretendida, y claro...) y el nuevo disco de Calamaro, que está guay. Hace un rato he vuelto a ver "Death proof", en compañía, y me ha gustado todavía más. Esta vez no he querido ponerle pegas. Están todas buenísimas, Kurt Russell es más Charles Napier que Charles Napier y la carrera del final mola más que todo "Ben-Hur". Y si dije otra cosa me desdigo. Pero vamos, que tampoco es la mejor peli del mundo. Me han invitado a escribir en dos blogs más, y si todo funciona bien y no se arrepienten lo voy a hacer. Ya avisaré aquí. Pondré links a mis colaboraciones como hacen los reputados. De gratis, claro, como los malditos y los bobos, pero me podré quejar de las fechas de entrega y todas esas cosas que tanto lucen. Voy a ir a ver a Jon Spencer hacer el indio el miércoles, y ahora me voy a comer unos huevos de cormorán con bacon. Después me voy al sobre. Paso página incluso antes de que los gorriones se conviertan en murciélagos, a ver qué se siente.

P.D.: pongo una foto salerosa, como compensación por si alguien ha derrochado un par de minutos leyendo lo de arriba, para que no me lo tenga demasiado en cuenta:


Pulsa para ampliar

Venga, y un link a una descarga, que algunos buscáis sólo eso.

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2.10.07
  Twitter #00050

Hace un rato entramos en casa tres copas y yo, y resulta que voy a lanzar las llaves (estilo Abdul-Jabbar) al vaciabolsillos, y casi me da un soponcio, porque me di de bruces con la terrorífica visión de una estampita del Sagrado Corazón de Jesús que alguien había arrojado por debajo de la puerta en algún momento de esta tarde. Bueno, esto último lo he supuesto un rato después. Al principio pensaba que estaba viendo al mismísimo Jesús de Nazaret a través del suelo, o que una manifestación milagrosa se había instalado en mis lentillas.

El susto ha sido enorme, en serio. Y es que, pensándolo ahora, hacía años que no miraba a una imagen de Cristo de frente. Pero sobre todo porque esta imagen en concreto, el Jesusito con el corazón de gominola saliéndole de mitad del pecho y las manos en esa pose que no sé qué representa (parece que le han pillado saludando a alguien en mitad de un mitin, y se ha cohibido; o una seña de béisbol) la tenía mi difunta abuela colgada en mitad de su habitación, en aquella casa tan fea de Gamonal, a tamaño Din-A2. Y lo que es más alucinante: el cuadrito del SCdJ que ella tenía estaba en tres dimensiones. Era uno de esos cuadros tan espantosos que parece que se puede meter la mano dentro, que están hechos a base de pliegues superpuestos y una superficie estratégica, de tal manera que cambian de postura, como un .gif animado (como las cataratas de los restaurantes chinos, vamos), y además los ojos te siguen a todas partes.

Mi abuela (no ésta, sino la de la rama materna) estaba fatal de la cabeza, y los últimos diez años de su vida los pasó sin saber cómo se llamaba nadie, cómo se abría una puerta y todas esas cosas tan tristes. Pero al cuadrito de Jesús en 3-D le hablaba a todas horas. Le contaba sus cosas, le devoraba a besos y le respondía a todas sus preguntas imaginarias. Periódicamente salía corriendo de su cuarto en combinación la pobre, y reclamaba nuestra presencia en sus aposentos para que le dijésemos lo guapo y lo bueno que era ese señor con la mano al pecho. "¿Os lo he enseñado ya?", nos decía, cada dos o tres días. "¿Pero no oís lo que dice?", y así desde que tengo uso de razón.

Y ahora que lo que tengo es uso de ratón, me ha dado por contároslo aquí. Pero ni mucho menos con la intención de hacer unas risas a costa de Jesús, ni del Alzheimer, ni muchísimo menos a costa de mi pobre abuela, la pobre, qué pobre que era y qué poco daño le hacía ella a nadie, que sólo iba de su cuarto a Misa y de Misa a hacerse una tortilla francesa, y al cuarto. Era sólo por hacer ligera y amena la información, en realidad terrorífica, que quería anticipar para que intentárais haceros una idea del miedo que me daba a mí de pequeñajo esa imagen móvil, tan seria, que me miraba hiciera lo que hiciera. Yo antes de irme a la cama a hacer mis primeras guarrerías cerraba la puerta a cal y canto, acojonado, y me tapaba con ocho sábanas a pesar de que había una dos tabiques entre esos ojos omniscientes y mi cama, porque de verdad que ese Cristo me daba mucho canguelo. Respeto, ninguno: puro acojone. Pavor. Nunca supe si de verdad era capaz de hablarle a mi abuela, o todo era fruto de su trastorno. De pequeño tenía serias dudas, y hoy en día todavía tengo mis reservas.

Así que imaginaros ahora, que no hago otra cosa que pecar y pecar y hacerle llorar al niño Jesús hasta que se queda seco, que de sopetón llego a casa y me encuentro con que una representación en miniatura de aquel Sagrado y Misterioso Observador Parlante Sacro-Pop de mi infancia ha venido a parar a mi casa, a recordarme tanto sinsabor. Y lo peor de todo es que no me atrevo a tirarla, porque me va a pillar y me atormentará para siempre desde Valdemingómez.

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25.9.07
  Twitter #00049

Acabo de despertar de una siesta, y estoy en estado catatónico; bueno, es la palabra que me viene a la mente, pero en realidad nunca he estado en ese estado. Lo que tengo es una sensación mezcla de miedo, desubicación y vacío, un no saber ahora mismo dónde estoy ni por qué ni para qué. Coincide que anoche dormí muy poco, y que no tengo en la agenda ningún compromiso ni ataduras laborales hasta el próximo viernes, por lo que me siento como a la deriva, atontadísimo. Si hubiese despertado en un hospital, en el año 2136 o en mitad de una isla, creo que la sensación sería muy parecida a la que tengo ahora.

Y en realidad es una tontería. No es nada importante.
En realidad ha sido un sueño muy guapo, pero es que yo duermo muy muy pocas siestas, y no estoy entrenado para despertarme de ellas sin sobresaltos, sin un despertador o una llamada. No estoy acostumbrado a montarme una película entera en la cabeza durante una pretendida cabezadita "de paso", sin interrupciones, y con esa cualidad de verosimilitud que tienen las imágenes oníricas durante las siestas, a mediodía, con el sol inundando la casa.

El caso es que tengo la mayoría de las imágenes muy recientes en la cabeza, y se me ha ocurrido dejar constancia de mi sueño, como hacía cuando era pequeño. Vaya por delante que yo tengo un sueño muy ligero, felino, y que desde que tengo uso de razón me pasa que el más leve sonido a mi alrededor (cuando no me despierta del todo) me mantiene tenso e impide a lo que hay dentro de mi cocorota desconectar por completo, por lo que habitualmente acabo cogiendo sonidos del exterior e incorporándolos a mis sueños. Incluso, en algunas ocasiones me pasa, por ejemplo, que en mi sueño está teniendo lugar una conversación ficticia entre dos personajes ficticios, y hay una televisión encendida de fondo cuyos diálogos se meten de pronto en el guión de mi sueño, descontextualizados, y encajando en las palabras que dicen mis personajes, hasta el punto que llego a predecir lo que va a decir el siguiente personaje real, el mindundi que está hablando en televisión. Como digo, con un puntito premonitorio que incluso me asusta.

Es una habilidad extraña, que yo supongo que nos pasa a todos, pero siempre que he sacado el tema en una conversación con mis amigos me han tomado por bobo o por mentiroso... ¿No os ha pasado nunca lo que digo, que durante un sueño liviano dos personajes hablan sobre algo, y de repente esperas la respuesta lógica de uno de los interlocutores, y tomas consciencia de pronto de que la respuesta que da el otro, la que esperabas, en realidad ha salido de la tele del mundo real? ¡La que esperabas!

No entiendo mucho de estas cosas, pero es algo que me ha pasado desde niño, y que concibo como posible e incluso lógico dentro de mi escepticismo y mi ignorancia, como una habilidad cerebral que todos tenemos pero "de la que no se habla mucho", por su inutilidad práctica, supongo.

Contaba esto para poner en antecedentes al lector sobre el sueño que he tenido durante esta siesta (que es a lo que iba), ya que ha sido un sueño cojonudo, porque tenía banda sonora, efectos especiales, montones de diálogos estúpidos (que no recuerdo) y un sonido envolvente megasurround de la hostia, todo ello provinente del mundo real, de la película que me había puesto a ver para conciliar el sueño con la mente en blanco, desde el portátil que tenía a escasos metro y medio de la cabecera del sofá en el que me disponía a ejercer mi derecho siestil.

Dicha película era "Transformers". La de este año, la que ha visto toda la Blogosfera friqui tres veces. Yo no la había visto, y de hecho sigo sin haberla visto, sino que me he limitado a escucharla mientras soñaba. Le he dado al play, y en cuanto ha aparecido el logo de (precisamente) DreamWorks, me he quedado plácidamente dormido, con la boca abierta y saboreando el postre.

Ahora viene mi sueño. Es breve. Apenas recuerdo el argumento. Pero es que ha sido superguapo: yo tenía una entrevista de trabajo en una empresa de algo. Una empresa grande y pomopsa, para algún trabajo de oficina rodeado de tiburones corporativos [aclaro, por despojarme de toda sospecha, que deseo con todas mis fuerzas NO volver a pisar una oficina jamás en la vida para trabajar en ella, y que no estoy ahora mismo buscando trabajo. Pretendo tirarme al menos tres meses más como parásito]. No tengo rastro mental de los prolegómenos sobre dicha entrevista. Sencillamente, mi avatar en el sueño sabía que iba a una entrevista de grupo en un edificio de oficinas. Iba cuesta abajo por una calle, y al llegar a la altura del sitio en el que se supone que iba a tener lugar la entrevista, me encuentro con lo que parece un local comercial, con un gran ventanal que me permite ver lo que está pasando dentro: un grupo de unas veinte personas están disfrazadas de piratas, con sus parches y toda la pesca, escuchando a otros tíos muy serios que están de pie, también ataviados como recién caídos de un cocotero; como también me ven a mí (y de hecho, todos me miran), no tardo nada en entrar y buscar mi sitio entre los entrevistados, por supuesto aguantándome la risa y despojado de todo atisbo de nervios ante la entrevista, en un sitio tan poco serio. Pero los acontecimientos se disparan [supongo que en ese momento algún giro inesperado tenía lugar en "Transformers" y la música se ponía solemne "de circunstancia"; no olvidemos que ese peliculónquetecagas era el que estaba llevando el ritmo de mi sueño], y de repente nos damos cuenta de que eso no es una entrevista normal, sino una especie de juego cuyas únicas reglas son "tonto el último": todo el mundo se pone a correr escaleras arriba, atropelladamente, pisándose y empujándose, tratando de llegar el primero a algún sitio, en una absurda "carrera laboral".

A partir de este momento, no me preguntéis por qué, ya no estamos disfrazados de piratas, sino de grises oficinistas estándar. Y por mi sueño se pasean no decenas, sino cientos de tristes entrevistados que corretean por lo que se convierte de pronto en un intrincado e infinito laberinto de oficinas, puntos de engorde, raspas de pescado con ordenadores y sobre todo pasillos y circuitos de asépticas escaleras de oficina. El resto de mi sueño, el cénit, lo que recuerdo [calculo, por el metraje de la película que mientras tanto estaba no siendo vista por nadie en mi portátil, que duró hora y media], se limita a imágenes de persecuciones y carreras, por tanto, a lo largo y ancho, parriba y pabajo en un gargantuesco edificio de oficinas de paredes grises, lleno de plantas y pasadizos.

Pero al loro, porque aquí viene lo bueno, lo que ha hecho que mi sueño sea la mejor peli que he visto en mucho tiempo. Enseguida tomo consciencia de que lo que está teniendo lugar en esa oficina no es una competición por un puesto de trabajo, sino por la supervivencia. Se sucede en mi cabeza, una tras otra, escenas de disecciones corporales en trampas que surgen de la nada, en mitad de habitaciones de oficina [al más puro estilo de "Cube", admito ahora; si bien es una peli que pasó sin pena ni gloria por mi tele, por lo visto le impactó a mi subconsciente], centenares de aspirantes a chupapollas oficinistas encontrándose con escaleras de incendios cortadas en las que encuentran la muerte cayendo al mar, y sobre todo siendo devorados por animales.

En mi sueño aparecían montones de monstruosos osos pardos, con ojos inyectados en sangre, que se escondían estratégicamente en alguna planta alta de la oficina, esperando ansiosos la llegada de los desesperados oficinistas para devorarlos. Enormes gorilas que pegaban gritos terroríficos y corrían a estrujar a los oficinistas y llenarlo todo de sangre. Poderosas serpientes asesinas. Tigres, leones y panteras, dios mío. Pájaros y Chimpancés que en mi sueño daban también muchísimo miedo (preguntadle a Freud) y trampas. Trampas mortales de todo tipo.

Esto es todo. Como ya he dicho, una vez vuelto a la realidad no iba a ser capaz más que de recordar el plot de la historia. Pues ya está: una larga y agónica sucesión de muertes de oficinistas en una absurda carrera dentro de una trampa de oficinas, en una especie de juego similar al de Monty Burns "En la montaña de la locura". Pero con oficinistas y muchísimos animales salvajes, que habían creado su hábitat en dicho edificio, como en aquel tebeo de Ka-zar en el que New York se convierte en la Tierra Salvaje, o en cualquier viñeta de Xenozoic Tales. También me venía a la mente, lo digo para el amante de este tipo de referencias visuales, el concepto de "Mundo futuro", una suerte de parque temático de la muerte y la destrucción de peoncitos corporativos, donde a alguien se le va de las manos su broma macabra. Pero con bichos en lugar de drones.

"Pues no es gran cosa", pensaréis. "Pues yo no iría a ver esa mierda al cine", diréis otros. "Pues vaya mediocridad de argumento que te has inventado", me gritaréis todos a la vez. Pero no, no tenéis razón. No estoy contando una película, ni un esbozo de guión ni nada de eso (yo no soy guionista, yo no soy nada de nada). Esto no es algo que hay que verlo, tenéis que soñarlo para entenderlo. Un sueño de esos retorcido e hiperrealista. Los mejores sueños son mucho más intensos que las películas, eso ya lo sabéis todos. Te despiertas con la sensación de que lo has vivido. Más aún, cuando los lugares en los que transcurre la acción te son muy familiares (varias "escenas" tuvieron lugar en el viejo edificio donde viven mis padres, y otras en las oficinas del Banco Santander en las que desperdicié casi dos larguísimos años enteros), muchos personajes del sueño son personas a las que conoces, amigos y ex-compañeros de trabajo, gente de mundos diferentes entre sí que has conocido en algún momento de la vida, y que quién sabe por qué macabros mecanismos se te aparecen en la cabeza y vas viendo cómo mueren uno tras otro, devorados por gigantescos gorilas que huelen mal y que pegan unos gritos terribles. Gorilas que hacían ruidos mecánicos al moverse [recordad que de fondo tenía puesto "Transformers"...], y todo esto acompañado de una banda sonora, sonidos de explosiones, gritos y jarana de todo tipo. Cuando mi reproductor de video se paró, me desperté bruscamente, con la boca pastosa, como si hubiese estado masticando bostas de gorila.

Ha sido como ver una peli en 3D puesto de anfetaminas. Como un viaje en una montaña rusa oxidada, que parece que se va a caer cada dos por tres. Muy real. Sé que sueña gilipollas así contado, y a mí mismo me lo parece una vez tomada consciencia de que ha sido un sueño bobalicón e infantil. Pero en cualquier caso lo quería contar.

Y ha sido, por cierto, un sueño sin moraleja ni significado alguno. No me toquéis los cojones, por favor. Que nadie me diga que el edificio de oficinas simboliza esta ciudad en la que llevo demasiado tiempo encerrado sin vacaciones, casi sin salir al campo a ver animalitos, o que el señor pequeñito que todos llevamos dentro me está pidiendo a gritos que me busque un trabajo de verdad, que no me puedo pasar la vida sin hacer nada, echándome siestas de dos horas y viendo tres pelis diarias. Por supuesto que puedo hacerlo. En esas estamos. Si acaso significa algo, es que el trabajo es una trampa. No creo en Freud, yo creo en Bob Black. Y punto en boca.

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9.9.07
  Twitter #00048

Estoy atravesando una nueva etapa laboral, con mucho tiempo libre aunque cobrando un poquito menos que antes, pero bueno, puede que sea una etapa bonita. En primer lugar, por la gente nueva que he conocido, que son muy guapas y muy majas. Aparte de esto, porque sigo teniendo el privilegio de ir al trabajo andando, y sigo cobrando subsidio, paralelamente al salario. Como éste es por horas, su cuantía dependerá del tiempo dedicado. En principio, no tengo intención de trabajar más de tres días a la semana. La parte mala, la única en realidad, es que mis planes de irme a pasar unos cuantos meses a la playa, quedan postergados hasta nueva orden. De momento, me quedo de semi-vacaciones indefinidas en Madrid. A ver si encuentro la manera de hacerme rico sin trabaja nada de nada...

Así que, hablando de tiempo libre, he estado unos días, en horas sueltas, preparando el siguiente post del blog. Que en realidad es un refrito, una resubida de los cuatro discos recopilatorios que elaboré durante los últimos dos años y medio para el otro blog,
Frunobuland. Por petición popular (en serio, al menos 4 personas me han pedido que los volviera a subir), he colgado los cuatro discos de la serie BooGnish Online en Rapidshare, para la posteridad, tal y como fueron concebidos. En cuanto terminen de encajarse en su parcelita de Rapidshare, los dejaré anunciados en el siguiente post. Como tengo cuenta Premium, se supone que estarán ahí colgados indefinidamente, y nos sobrevivirán a todos nosotros, así que supongo que no hay necesidad de volver a recuperar esto nunca más. Aquí queda la cosa. El siguiente post será, por tanto, musical y antológico. Espero que os guste, y que me digáis que os parecen los discos.

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23.8.07
  Twitter #00047

¡¡

Os lo juro porque se queme mi colección de minerales: hace un minuto mi gato Fredi se ha subido encima de la mesa de centro del salón, ha encendido la tele pulsando con una uña el mando a distancia y luego se ha quedado sentado mirándola.

!!

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26.7.07
  Twitter #00046

Vengo para contaros 10 cosas:

1ª No tengo muchas ganas de seguir con este blog.


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15.7.07
  Twiter #00045

Vamos a ver, sé que os vais a burlar, pero me la repampinfla. Os lo tengo que contar...

Hoy es domingo nosecuántos de julio, son las doce de la mañana, y estoy conectado a internet vía wifi desde el Starbucks de la placita del Mercado de Fuencarral.

Además, llevo puesta una camiseta que dice “Soy una guarra”, unos pantalones cagaos y raídos con esmero por un diseñador amigo mío que es gay en un 90%, unas sandalias tipo cangrejeras de piel ovina de 70 euros, una viserita vaquera, un tatuaje japo en el tobillo y una chapita de Pumuki. Antes de venir hacia aquí me he despeinado cuidadosamente con la mano embadurnada de fijador del que anuncia Paulina Rubio, faltaría más, y después he quedado con kevinT32, mi mejor amigo del curro para tomarnos unas aguas minerales, y luego con andrea_wg, mi mejor amigo de la RESAD, para ir a ver borrachos el ensayo de Cuca Y Sus Putarracas, el grupo de mis mejores amigas de la escuela de diseño, que mañana dan un concierto en exclusiva para Wii.

No, este párrafo es mentira. Aquí con mi portátil pego menos que una monja en el festival de los Monegros, pero mola porque nadie te mira. Sí es verdad que estoy aquí, y además estoy actualizando mi blog, que no es moco de pavo.

Resulta que ayer un amigo me regaló un portátil. Así, tal cual, casi como quien te ofrece un cigarro. Un Airis que tiene dos años recién cumplidos, acaba de perder su virgini garantía y se supone que tiene manchas violetas en los bordes del monitor. Pero apenas se notan. Mi amigo se pasa el día pegado al ordenador, así que en cuanto vio que parpadeaba ligeramente la pantalla, se compró uno nuevo. Y me preguntó si lo quería. Ha sido muy rápido. Hace dos días ni me planteaba tener un portátil, y estaba ahí haciendo mi vida esperando a que me arreglasen la conexión de casa (que se me ha vuelto a joder, por eso he estado sin dar señales de vida), y ahora estoy aquí, probando la conexión inalámbrica, tomando el sol delante de un pantallón como el del Roxy A. Fui primero a una cafetería menos moderna al lado de casa, pero no tenían habilitada la wifi; y me chivaron que en este Starbucks de aquí uno se puede conectar gratis, que se pilla la frecuencia de un negocio contiguo, o algo así. No sé mucho más, todo esto es nuevo para mí.

Por lo demás, ha sido otra semana socialmente atropellada y desastrosa en lo ahorrativo. Y ayer se me acercó Marta a la terraza de Conde Duque en la que estaba, y me dio tal abrazo y tal besazo que me ha dejado obsoleto. Ahora me voy al rastro con dos de mis amigas jipis. Esto es verdad.

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7.7.07
  Twitter #00044

Con esta pedorreta de posts doy por terminada la Semana Internacional Sin Internet, que ha tenido lugar en mi casa. He picado del cebo que me tendió otro operador, y Telefónica forma parte del pasado, después de cuatro días y medio sin ADSL. La verdad es que ahora la conexión carrula como nunca, y me voy a ahorrar algo de dinero. Durante estos días he visto más pelis y leído más de lo acostumbrado, y además tengo el apartamento como los chorros del oro. Además del anecdotario felino de Burroughs, me acabé el tomo de Marvel Zombies, he devorado online la serie de The Runaways, la compilación en libro de bolsillo de "La Parejita" de Manel Fontdevila y estoy a la mitad de "La conspiración contra América". Y he visto (entre varias mierdas), por primera vez en mi vida, dos películas clásicas y absolutamente maravillosas que le han dado lustre a mi tele: "Primera plana" (Wilder) y "La semilla del Diablo" (Polanski). No señor, no las había visto. Era tonto. La de obras maestras que hay por ahí eludiéndome. Bueno, otra que me entretuvo mucho, aunque dicho ahora suena incluso pérfido, fue "El estilo de la serpiente y a grulla de Shaolin". Ahora me paso las horas muertas tratando de romper un papel cebolla colgado de una piza con un golpe seco.

Más datos importantes para que lea mi yo del futuro: me estoy comiendo una fideuá de Gallina Blanca; me he creado una personalidad secreta molestaadolescentes en Twitter (otra de sus fabulosas utilidades; mi adicción se ha disparado hasta el punto de que no puedo bajar de los tres Red Bull al día; estaba hasta la polla de mis greñas, y ayer me corté el pelo yo mismo con las tijeras de la cocina. En el curro hubo risas, pero no se nota mucho.

Aprovecho para decir también que me honra y me encanta que El Zurdo y C. Rancio hayan encontrado un mini-foro de debate alternativo en los comments de mi blog. Me hace mucha ilusión, y como digo creo que no lo merezco. Perdonad que lo cuente aquí, pero es que no me atrevo a meter baza en mitad de vuestras conversaciones. Me siento como Kárate Kid entre dos Miyagis, no sé si me explico. Gracias, troncos senseis.

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