429. Boostamante
4ª Reflexión idiota sobre la música y los estados de ánimoDe todos los cromos que he puesto en este álbum, creo que aquellos que más disfruté pegando fueron los de la breve e inconclusa serie que dediqué a la música y la risa, aquello que quedó finalmente en
tres posts y medio en forma de reflexión febril. Sigo dándole vueltas al tema, y alguna vez lo retomaré, o a lo mejor no. El caso es que recientemente me he visto inmerso en otro incómodo episodio de malentendidos en un foro de internet, a costa de una fugaz discusión con una a la que le gusta mucho un cantante que a mí no me gusta, y se ha tomado mis palabras un poco a pecho y me ha dicho que tal y que cual. Ante mi (creo que inocente) crítica a la música de uno de sus ídolos, me interrogaba a ver acaso cuáles son, pues, mis ídolos, aquellos músicos a los que yo admiro, no sé si para saber de qué pie cojeo, si mi integridad musical es correcta o incorrecta, o vete tú a saber por qué. Total, que cada vez que me pongo a pensar por unos instantes sobre esa cuestión, no llego a una conclusión clara. Simplemente, porque no soy incondicional de ningún estilo musical en concreto, ni tengo un altar con la efigie de nadie al que le pongo velas y le rezo. Me gusta escuchar de todo, e inmediatamente le pongo un "asterisco" mentalmente a aquello que me gusta, y me lo quedo. O sea, que soy más amante de las canciones que de las personas que las cantan.
Por supuesto, hay algunos músicos que estadísticamente han compuesto más canciones con asterisco que otros, y hay muchísimos músicos que componen o interpretan piezas que me producen malestares diversos. Atendiendo a esa estadística, supongo que podría hacer una lista de músicos o grupos que me gustan, a los que respeto y que adoro, pero nunca me he visto capaz de hacerlo, o no sé si es que no me ha salido de los cojones, porque prefiero no ponerle trabas a mi ocio y a mí mismo. Porque creo que entonces entran otros factores extramusicales. No puedo confesarme fan fatal de un grupo cuyas canciones me gustan, a sabiendas de que en realidad esas canciones no las han compuesto ellos, por ejemplo, sino que son meros intérpretes de la genialidad de otros. Me viene a la cabeza el caso de Little Richards (por tirar de clásicos), que me parece un genio, una bestia en escena, un iconoclasta, un pianista y un cantante sin parangón, un transgresor, un pionero, un inventor, un titán, un comunicador como la copa de un pino, un símbolo de muchas cosas (desde el ruacanrol de raíces hasta el militantismo más petardo, frívolo y maravilloso de la libertad sexual, pasando por la reivindicación del orgullo racial), pero que me temo que se dedicó a tocar canciones compuestas por otros, y eso hace que desde un cerril punto de vista su magnificencia se reduzca unos puntos, al compararlo con otros genios que, además de interpretar, comunicar y asombrar, dedicaron su vida entera a estudiar música, a experimentar y a componer. Es como si se tomara la cosa con demasiada intransigencia, y a la hora de discernir entre los que debo considerar genios y los que no lo merecen tanto, tuviera que atender a otros valores más allá de los resultados finales y los sentimientos que producen; lo cual, por supuesto, es injusto.
Además, también pasa una cosa, y es que lo que entendemos por Música, por grupos musicales, por ídolos, por discos y por todo lo demás, no es en realidad tal, sino que se trata de una industria como otra cualquiera. En un 80% los músicos no son más que empleados, trabajadores a sueldo de las discográficas, simples engranajes en un gigantesco negocio repleto de impostura y de imposiciones económicas. Cuando un grupo saca un disco, y luego otro, y luego otro, lo hace porque firmó un contrato con una compañía discográfica; es exactamente el mismo motivo por el cual un albañil pone un ladrillo y después otro. Eso no significa que los miles de millones de grupos que sacan discos estén preparados para ello, y los que no lo hacen no lo estén. No significa que todos los discos que graba un artista son buenos y deben ser respetados. No significa que todas las canciones que están en ese disco son fruto de la inspiración divina de una omnipotente estrella de la música. También John Lennon escribió temas por encargo. También Bob Dylan compuso lo primero que le vino a la cabeza sin ton ni son y se arrepintió toda su vida. También Lou Reed hacía temas de relleno para cumplir con el acuerdo contractual. También Jesulín de Ubrique, los Sex Pistolds y Chenoa vendieron miles de discos (pero bueno, esta es otra lacra de la industria diferente. No mucho, pero bueno, tampoco vamos a ponernos pesados). Así funciona esto, ¿no?
Ya sé que no estoy descubriendo la sopa de ajo. Pero a lo que iba es a que yo siempre que escucho un disco nuevo tengo presente inconscientemente que se trata del producto de una industria. Como cuando me como unas salchichas. Es algo limitado, pervertido, transformado, adornado, saborizado y falseado por una industria que lo que quiere es que gastemos nuestro dinero y volvamos a pasar por caja un tiempo después.
Así que, ¿en base a qué debería "admirar" a un músico? ¿Cuál es la fórmula del criterio musical? ¿Soy un imbécil porque me gustan canciones de Silvio Rodríguez y también de Minor Threat? ¿No tengo ni puta idea si escucho por igual, en una misma tarde, a Igor Stravinski y a Michael Jackson? ¿Y si no me gustan nada (pero nada) Jimi Hendrix, Sting, The Doors, U2 o Bob Marley, soy un ignorante sin criterio y debería replantearme mi existencia? ¿Te imaginas en qué bobo me transformo si ahora digo que hay canciones de Ándrés Calamaro y de Antonio de Pinto que me entusiasman y que me las escucho a todas horas...? Supongo que tendría que justificarlo bien y convencer a todo el mundo, porque si no la gente me escupe al pasar, me temo.
Total, que supongo que no sé de lo que hablo. Sobre gustos hay muchísimo escrito, y debería leerlo más a menudo si no quiero quedar como un panoli.
Pero lo que quería decir cuando enlazaba mis otros posts al principio, es a que más o menos sí que he llegado a una conclusión, y esa es que me gustan más las canciones alegres que las canciones tristes. Las canciones tristes me ponen triste, y las canciones alegres me ponen alegre (que no es poca cosa: es algo absolutamente maravilloso y sin lo cual no puedo vivir). Y me hace más feliz estar alegre que estar triste, aunque a veces mola estar triste.
Llegué a esta última conclusión cuando tenía tres meses de vida, y ahora que estoy acercándome a los treinta años no he avanzado mucho más. Bueno, sí, también sé que tanto Calvin Johnson como David Bustamante forman parte de la misma industria, y ambos preferirían ganar más dinero que el otro con sus canciones, por más que el uno enarbole la bandera de la integridad musical, del criterio estético, de la pureza, la grandeza, la belleza y la entereza, y el otro sólo haga karaoke adornado por los mejores técnicos de sonido del mercado. Y esa es la máxima que lamentablemente (para ese 80% de músicos a los que hago referencia en este repaso) impera en el dichoso negocio de la música. Los criterios y los géneros musicales me los suelo pasar antes por el forro de los cojones para que me den su opinión, y después si eso me manifiesto, y digo: sí, entre Fran Perea y Nel Young me quedo con el segundo. Soy más guay que tú. Así funciona esto, ¿no?
Un ejemplo que me parece significativo, curioso y divertido es un batería que se llama Vinnie Collaiuta. Es un bateria de sesión magnífico, un virtuoso. Ha tocado con los mejores, es respetado por todo el mundillo y a nadie se le ocurre soplarle en la oreja. En los años ochenta acompañaba a Frank Zappa, y ahora acompaña a Alejandro Sanz. Porque tanto Frank Zappa como Alejandro Sanz son dos de los mejores engranajes que ha habido en la maquinaria de la industria musical. Y como éste hay miles de ejemplos por los que podríamos relacionar a músicos "íntegros" y músicos "comerciales" con tan sólo uno o dos eslabones de separación. Así funciona esto, ¿no?
Tengo una amiga con la que hablo mucho de música. Cuando le ponía algún disco de free jazz que a mí me gusta, ella me decía que si había metido al gato en la lavadora. Y cuando salía a los bares que le gustan a ella y bailoteábamos al son marcado por Operación Triunfo, Blanco y Negro o Vale Music, solíamos acabar discutiendo porque yo la decía que a cualquier payasete le graban un disco de canciones ajenas y le dan diecisiete discos de platino por mover el cucu. Y me quedaba tan ancho, con esa sonrisa mía de satisfacción. Y una vez, para callarme la boca, me planteó un bonito dilema de ciencia-ficción: si un marciano (ajeno por completo a la cultura de nuestro planeta y por supuesto a los recovecos económicos de la industria) aterrizara ahora mismo al lado nuestro y le diésemos a elegir entre el
Bésame de Bustamante y el
Blitzkrieg bop de los Ramones (o un tema por el estilo, no recuerdo con exactitud cuál era), ¿qué preferiría? Ostrás, dije yo, pues la verdad es que creo que la de Bustamante... ¿Será que los prejuicios nublan mi criterio, y Busta hace música objetivamente mejor que la de mis ídolos punkarras? ¿Debería replantearme mi criterio y acercarme más a su sonido?
Vamos a hacer demagogia y a justifcarnos una vez más. Que me encanta y no hago daño a nadie: mi opinión también es, como la del improbable lector, que Bustamante y toda esta pléyade de Mac-cantantes que nos innundan desde que existe la industria, hacen mucho más daño a la música que la piratería. Muchísimo más. La Música, considerada como una de las Bellas Artes, desde luego no es esto, no debería ser así. El dinero que sea el motor del mundo, pero no de la Música, ¡por el amor de Apolo y Dionisos, del Arte no! Toda esta colección de productos prefabricados se cargaron hace mucho tiempo el concepto puro de la Música. Es un holocausto, una hecatombe, el exterminio fascista del Arte, un monopolio, un saqueo, una manipulación, una muestra de control mental a nivel universal, una burla hacia el resto de los músicos De Verdad... Que alguien haga algo, paren la máquinas, destruyan a la pérfida mano que está detrás de todo esto... ¡Que sobre todos ellos caiga...! Pero un momento... Vuelvo a escuchar la canción de Bustamante (que en realidad es un clásico argentino del año de la polka de un autor que no controlo y no localizo, ni importa lo más mínimo, por supuesto) y... Vaya, el marciano y mi amiga tienen razón. La verdad es que no está mal. Me parece muy bonita. ¿Merezco la muerte, oh señores del Ruta 66, señores del foro de internet, señores del jurado? Es que esos arreglos están hechos con sintetizadores, pero están muy bien hechos, el tío que los grabó sabía lo que se hacía. Esa voz cálida del ex-currela llorica es potente, bien modulada, bien entonada y es agradable... Los coros están puestos donde deben, nada sobra (la base rítmica sí da bastante grima, pero eso lo digo porque estoy en mi casa en pijama, y no tomando el quinto cubalibre en Alonso Martínez mirando cómo mece las tetas una rubia que la baila con los ojos cerrados a su son, que si no...). Me pongo en la piel del marciano, y dejo mis prejuicios, mi criterio, mi integridad y mi orgullo en Marte. Y me olvido de que Boosta tiene pocas luces y que me cae mal. Me olvido del videoclip, que es penoso y está hecho para niñas mameluzas. Además se mueve y sobreactúa de una manera que me pone de los nervios, pero el video es lo de menos. Me olvido de que el intérprete es un producto salido de un concurso de karaoke de la tele pública con una promoción millonaria que yo también pagué de mi bolsillo y bla bla bla. Sí, sólo es una salchicha más en el lineal del Dia, pero lo olvido. Me olvido de que no sabe lo que es un pentagrama. Me olvido de que no sabe quién es Calvin Johnson. Me olvido de mi vecina, que canta de maravilla y nadie le da una oportunidad que la saque de currar cogiendo el teléfono de Amena. Me olvido de los villanos sin escrúpulos de la Trinca. Me olvido de que cada segundo (tic... tac...) se muere de hambre y de sed un etíope sin que Busta haga nada para cambiarlo, con la de dinero que tiene el tío jodío, y me olvido de que se pone ropa cara y el resto no llegamos a fin de mes, filibustero sin corazón. Me olvido así de que esta canción no me debería gustar, no debería transmitirme nada positivo... Y ahora por fin, va y me gusta. No sé si más o menos que la de los Ramones. Eso sí, no se lo digáis a nadie. Y a partir de ahora dejadme en paz que me baje música gratis y que les compre a los pobres sus discos en la manta, que yo ya he puesto mi granito de arena en favor de la industria, y no lo voy a volver a hacer.
No sé hasta qué punto este post entronca en la línea argumental que trataba de llevar con los otros de la serie, pero aquí venía más que nada a hablar sobre el maravilloso y chocante mundo de los prejuicios musicales, más que sobre la música asociada a los estados de ánimo, como creo que ha quedado claro, pero ahí queda eso. La conclusión esta vez está entre líneas. Y quiero terminar aclarando que me gustan los Rolling y que ayer me bajé un disco de !!! (Tsk Tsk Tsk) y otro de Superputa.
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366. Spike Jones
3ª Reflexión idiota sobre la música y los estados de ánimoEn esta tercera fase voy a dedicar un rato que tengo libre a investigar y tratar de sacar alguna conclusión al respecto de la "música positiva", a partir de un experimento
online. Supongo que todos conocéis a estas alturas el proyecto musical interactivo
PANDORA. Por si acaso, lo explico. Ellos lo llaman
"Music genome project", y vamos a decir, para entendernos, que es algo así como un robot que pincha música para nosotros, seleccionando de una enorme biblioteca de canciones aquellas que coincidan con tus gustos o tus apetencias. El sistema es tan sencillo como decirle al programa un cantante o un título, y él irá desgranando, uno tras otro ("analizando las cualidades de la canción", como ellos dicen) temas de similar tesitura, basándose tanto en (supuestas) similitudes estilísticas como en la tonalidad o el "estado de ánimo" que sugieren esas canciones.
Para crear mi "radio station" particular, voy a intentar buscar canciones alegres, felices o felicísimas, poniendo a prueba al robot de Pandora. La premisa de partida que he seleccionado es la música de
Spike Jones & His City Slickers, creador de algunas de las canciones indudablemente menos serias de la primera mitad del siglo XX. Un cliflado que hacía swing desenfadado golpeando sartenes y pulsando timbres, cuyas canciones son fáciles de encontrar tanto en programas de música bufa (tipo Dr. Demento) como en descacharrantes persecuciones animadas de Walt Disney, por ejemplo. Es el primero que se me ha ocurrido.
Después de registrarme (es necesario para que mi emisora de buenri no se corte de repente), y de pedirle al robot canciones de Spike Jones, me sugiere el tema
"Mama's boy" de
Biff Rose, un tipo a descubrir. Me vale. Es alegre, simpática, bailable. A continuación me ofrece canciones de
Scott Walker (folk contemporáneo) o de
Mark Lindsay (garage setentero de buenri).
En cualquier momento, le puedes decir al robot si eso era lo que pedías para que suene en tu emisora o no, o si estás cansado de oír la canción y no quieres que suene durante un mes. En cualquier momento puedes añadir otros ingredientes (en forma de estilos o artistas) a la ensalada musical, o preguntarle que por qué ha elegido este tema.
Esto último es lo que hago. El robot de Pandora.com me explica que para hacer su selección se basa en cualidades musicales como "tonalidad mayor / menor", "armonía cromática", "vamping" (que explica que es un término que se refiere a la repetida improvisación musical sobre una melodía concreta, elemento habitual del jazz o, como ellos mismos ejemplifican, de la interminable
"Free bird" de Lynyrd Skynyrd, la famosa canción que "parece que va a terminar" hasta ocho veces), y por supuesto en la instrumentación y el
tempo de la canción.
Cada vez que una melodía me sugiere ese buen rollo que andamos buscando, la califico positivamente, para que siga buscando por esa tesitura. Pero después de otras simpáticas tonadillas ligeras y alegres de
Lou Monte o Beef Rose (
again), de repente suena un tostón de Blood, Sweat & Tears, e inmediatamente le digo que no quiero eso. Me pide disculpas y todo, y sigue buscando. Le regañaré cada vez que ponga cualquier melodía tristona, y le premiaré cuando me dé lo que yo quiero. Voy a explotar a este cacharro al máximo.
Volvemos a la senda correcta con una cachondada del
entertainer Danny Kaye. De nuevo swing añejo, acompañado además de
scat, onomatopeyas y risotadas del público. Ahora me pone a
Tom Waits, que me gusta mucho, y con una canción simpática:
"Diamonds on my windshield" (esto es lo que yo quiero). El experimento está funcionando:
The Bonzo Dog Band, el Spike Jones más cómico y
novelty,
José Feliciano cantando entre risas y en versión
lounge el "Satisfaction" de los Rolling... Pero la cosa se tuerce otra vez: una balada de Barbra Streisand, otra de Judy Garland... ¡El horror! le digo que por ahí no, y me sale con el chiflado de
William Shatner, música infantil de
Randy Newman, payasadas de
Allan Sherman (un cómico que cantaba con
big band, creador de aquello de
"Hello muddah, hello fadduh!"), y yo encantado.
El aparato se repite demasiado, pero cumple perfectamente su objetivo. Creo que sería aburridísimo seguir enumerando artistas, pero realmente creo que Pandora.com me ha ayudado a crear una emisora cachonda y feliz, de la que ahora sólo salen carcajadas, cacerolas chocando, bocinas y tipos con la voz engolada diciendo paridas.
Creo que la máquina ha sabido entender lo que quiero; y creo que la selección musical hecha por una máquina es bastante objetiva, así que el experimento ha sido relativamente útil en mi investigación (sobre todo, para descubrir música, que es en realidad para lo que sirve esta reflexión privada en voz alta...). Aunque hay que ponerle a Pandora.com dos grandes pegas, en lo que a este experimento respecta: a) Su (obviamente) limitada discoteca; b) Que se repite más que las natillas; y c) Que no discrimine entre música instrumental y música vocal, ya que la búsqueda de una canción sin voz que haga reír, sigue siendo una de los objetivos de este estudio.
Seguiré investigando.
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364. King Oliver's Creole Jazz Band
2ª Reflexión idiota sobre la música y los estados de ánimoLa imagen de aquí arriba es una de esas fotos añejas de músicos muertos que inspiran. Fue tomada en 1923, y se trata de la King Oliver's Creole Jazz Band, un supergrupo de proto-jazz del que formó parte un joven Louis Armstrong (de pie, tercero por la derecha), "Satchmo" para los amigos, que nos suena hasta a los menos iniciados. La he sacado de la inmensa enciclopedia que conforma la página
Red Hot Jazz, dode además puedes escuchar, en RealAudio,
algunas muestras de su talento.
Confieso que es una imagen al azar, en un intento de engordar la galería de cromos dedicada a músicos antiguos. Pero que me viene bastante bien como ejemplo de alguna de las cosas que podemos descubrir en la página de la que en realidad quería hablar hoy, y que está despejando algunas dudas en mi investigación:
DOVESONG.COM.
Decíamos ayer que, además de esos componentes subjetivos que hacen que unas canciones nos estimulen de una u otra manera (porque van unidas a experiencias personales y a recuerdos), hay canciones objetivamente positivas y canciones objetivamente negativas. Pues bien, el señor Don Robertson, investigador musical, escritor, compositor de música
new-age y creador de DoveSong, tiene grandes teorías al respecto.
«DoveSong.Com es un servicio educativo público dedicado a proporcionar información acerca de las grandes traciciones musicales del mundo... música folk y clásica que tocan el espíritu. Así como la comida natural o el aire fresco nos ayudan a mantener un cuerpo saludable, la música pura e inspirada contribuye a favorecer nuestras emociones y nuestro espíritu.»«El término "música positiva" fue acuñado por Don Robertson en 1968, cuando descubrió que así como hay emociones negativas y positivas, también hay tipos de música positivo y negativos. Dovesong utiliza el término "música positiva" para describir el efecto de sonidos musicales, no contenidos líricos o mensajes de una canción, uso común del término a día de hoy.
La música tiene efectos específicos, los mismos para todas las personas, dependiendo de su estructura melódica, armónica y rítmica. La razón por la que algunas personas interpretan los efectos de las composiciones musicales de forma diferente a otras es porque los procesos de asimilación individual pueden causar efectos de filtración que perjudican los sentimientos de forma que afectan al resultado emocional.»Esto es, bien explicado (hasta donde mi torpe traducción permite), parte de lo que yo venía a decir en el primer post dedicado a mi investigación. A partir de aquí, el señor Robinson se mete de lleno en la definición de la "música negativa", y aquí aprovechará para darle palos al heavy, el punk, el grunge o la música industrial.
Tanto Robertson como su esposa y ayudante, Mary Ellen Bickford, han investigado a fondo en esta teoría, y en la página podemos encontrar infinidad de documentación, historia de la música, teorías de todo tipo y artículos (algunos tan curiosos como
"La venganza del lado derecho del cerebro",
"Las vacas prefieren música clásica" o
"A los delfines no les gusta el rock", que podrían pasar perfectamente por títulos de documentales de Troy McLure) al respecto de la música positiva, así como motivos para demonizar la música negativa, el ROCK. En este último aspecto no estoy de acuerdo. Sin ir más lejos, no se me ocurre nada más positivo para el espíritu que escuchar a Jerry Lee Lewis, los Fuzztones o los Dickies, y la manera de abordar sus observaciones sobre la música negativa me parecen un tanto generalizadas.
Al principio del paseo virtual por DoveSong, encontramos un archivo en formato .MP3 bastante clarificador. Se trata de una pieza de cinco minutos que sugieren que se escuche completa, dejando cualquier otra actividad, antes de proseguir:
-
Test en MP3 sobre música positiva / negativaEs un potpurrí de 5 minutos escasos, en el que mezcla hermosos pasajes de la música de Claude Debussy, de Alban Berg o de Schubert, con malvadas composiciones de Nine Inch Nails o un aria de ópera de Arnold Schönberg (a quien Robertson considera el
padre de la Música Negativa, en un artículo que no tiene desperdicio. Probablemente vuelva algún día sobre el señor Schönberg).
Una vez completado el paseo literario (como digo, enorme y documentadísimo), la página de DoveSong esconde también un regalo en forma de biblioteca de sonidos en formato .MP3. Quizá sea este el apartado más interesante para quien todo esto le parezca una chorrada. Puedes acceder a él desde
AQUI, y disfrutar de la colección de música country, gospel, folk o
world music de diferentes décadas y períodos.
Esta segunda fase de mi investigación me ha llevado a la conclusión de que no estoy solo en esto, y que alguien ya pensó en ello antes. En realidad, esta es una de mis máximas; siempre que estoy con algún amigo discutiendo de algún tema importante, de sociología, política o economía, termino zanjando la discusión con un: «No te preocupes, porque seguro que gente más lista y con más medios que nosotros habrá pensado en eso ya». Éste es uno de esos casos. Me quedo también, en el aspecto bizarro y sin abrazar literalmente lo que dice DoveSong, con la figura del terrible
Arnold Schönberg, que viene a ser el Magneto o el Lex Luthor de este asunto. Ardo en deseos de escuchar sus composiciones del Mal. Y con todas las teorías y textos de Robinson acerca de la Música Positiva, dado que sobre exaltados que ofrecen ensayos sobre música satánica y la fatalidad que ejerce el rock sobre la sociedad, ya he leído bastante. Y por supuesto, con este greatest hits de la música que nos ofrece DoveSong (advierto que la descarga está limitada para evitar abusos, y hay que insistir):
8 Monjes Benedictinos Abadía En Calcat - Salve Regina8 Monjes Benedictinos Abadía de Chevetogne - Russian vespers8 Giovanni da Palestrina - Ave Maris Estella8 Johann Sebastian Bach - Ich will den Kreustab gerne tragen8 Richard Wagner - Siegried Idyll8 Bill Monroe & His Bluegrass Quartet - Shine Hallelujah Shine8 The Soul Stirrers - I'll never turn back8 The Five Blind Boys of Mississippi - Song of Praise8 The Sunshine Boys Quartet - This little light of mine8 The Carter Family - Give Me roses while I live8 Mohammad Ahmed - Ustad Niaz Ahmed and Ustad Fayyaz Ahmed Khan8 Wang Chang Yuan - Zhan Tai Feng (Combating the Typhoon)8 Haaig - Aavaaz-e Esfahaan first side8 Doris Day - Secret love8 The Gaylords - From the vine came the grape8 Les Baxter's Orchestra - Blue tango8 The Boston Pops - No strings attached8 Domenico Modugno - Nel blu dipinto di blu8 Charlie Parker - April in Paris8 Artie Shaw Band - Frenesi8 Edith Piaf - La vie en rose8 Gene Autry - Back in the saddle againSeguiré investigando.
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354. The Beau Hunks
1ª Reflexión idiota sobre la música y los estados de ánimoSe está acabando una semana en la que he dedicado un buen puñado de horas a descargarme música y organizar y pasar a CDs la que tenía en el disco duro de este ordenador, que no me pertenece. Me llevo a casa más o menos palmo y medio de CDs. Internet es el mejor regalo que el Progreso nos ha hecho a los pobres. Por un par de tarrinas de discos regateados a un señor calvo en el rastro, voy a añadir a mis estanterías aproximadamente 1.000 € en música, en caso de que la hubiera comprado por su precio real en tiendas. No se lo digáis a la SGAE.
Como siempre, alterno música de mis
entertainers contemporáneos habituales con rarezas de cuando el mundo era en mono y en blanco y negro. Y en estas que me he agenciado casi todo lo que han publicado los
Beau Hunks, un sexteto de jazz de origen holandés que dejó grabados centenares de surcos en su afán por acompañar las piruetas, tartazos y
slapstick en general de, sobre todo,
Laurel & Hardy y los
Little Rascals. Ese jazz divertido, acelerado, esa música que ya nadie hace, que acompañaba los cortos de cine mudo o los dibujos animados de hace cincuenta años. He encontrado una página en la que uno se puede descargar un buen puñado de ejemplos de la música de Beau Hunks: el apartado
"download audio" de una estupenda página italiana sobre el Gordo y el Flaco.
Pero yo venía a reflexionar sobre otra cosa. Porque escuchando sus canciones de fondo en un butacón frente a la chimenea con un buen Cohiba entre los dedos (esto es mentira), pensaba en la
música que hace risa. En esas estoy en estos momentos, y no cejaré en mi empeño hasta que obtenga una conclusión.
A lo que me refiero es a si existe música que cause hilaridad, que haga reir. Música instrumental, por supuesto. No valen humoradas, chistes musicados ni acompañamiento visual a las canciones; está claro que los Mojinos Escozíos no nos harían carcajear así si escucháramos sus canciones en versión instrumen... Vale, es un mal ejemplo. Pero creo que se me entiende, ¿no? ¿Es posible que escuchar una canción (instrumental) pueda hacer reír?
En un momento dado, no es demasiado difícil ponerse melancólico escuchando la melodía de un solitario y sollozante violín desgarrando notas, como un llanto, o un piano lejano en el que alguien toca (mejor incluso si lo toca un poco mal) el
'Para Elisa'. Recuerdo que el más alto de los tres cómicos de Tricicle comentaba en una ocasión, siendo entrevistado en
Lo + Plus, que la vieja sintonía de Canal+, allá por sus comienzos, ese breve
jingle que sonaba durante la continuidad de la cadena mientras un óvalo color gasolina-arcoiris giraba formando el logotipo de C+, le ponía tristísimo siempre, aunque la escuchase en mitad de la mayor celebración festiva de todas. Una amiga mía me contó hace tiempo que se pone muy muy triste siempre que suena
'Friday I'm in love' de The Cure. Se pone a cantarla y acaba retorcida de triteza, como el Tom Hanks de
"Philadelphia" escuchando a Maria Callas. Mi colega el vasco escucha una gaita lejana y se le pone el vello de los brazos que parece Hellraiser (cree que en su anterior vida fue William Wallace)...

Yo tengo la mía. Tengo un hermano al que le saco doce años. Y cuando era sólo un pedacito de carne con chupete y se dejaba llevar por otro de sus recurrentes episodios de despertar brusco berreante en mitad de la noche metido en su cuna (que ocupaba precisamente el espacio que ocupa hoy la mesa de despacho donde se apoya este ordenador que estoy usando), lo único que conseguía calmarle y devolverle a los brazos de Morfeo era que cualquier otro miembro de la familia, o yo mismo, pulsáramos el botón que accionaba su juguete favorito. Éste juguete era la cabeza de un patito azul sonriente con un sombrero, formada en relieve sobre una especie de marco redondo, exactamente igual que los trofeos de caza con cabezas de animales en peligro de extinción que cuelgan en las paredes de los cazadores ricos, pero de plástico y de colorines. Cuando pulsabas ese botón, sonaba una melodía formada con pitiditos
midi. Y mi hermanito se iba tranquilizando, se callaba y se volvía a dormir hecho un ovillo. Yo me quedaba mirándole y pensándo qué clase de pesadillas tiene un moco de meses de vida, que ni ha visto películas de miedo ni tiene que pagar facturas ni sabe lo que es un monstruo ni tiene cultura humana de ningún tipo, que se sepa. Y mientras tanto yo le daba una y otra vez al botoncito del patito, porque si no mi hermano entreabría el ojo y me gruñía. 16 años después, cada vez que me viene a la cabeza esa anónima melodía
midi me invade la pena, la nostalgia me retuerce el corazón y me rompo en cien mil millones de pedazos.
Un segundo.
Ya estoy mejor.
Cada uno tiene ya elegida, lo sepa o no, la canción que debería sonar en su propio funeral. Y de igual forma, cada uno tenemos un puñado de canciones que, cuando las hemos escuchado suficientes veces en la vida (cinco veces es lo mínimo) se nos cuelan en el cuerpo, en el subconsciente o donde demonios sea, de tal forma que cada vez que suenan nos transforman y nos dan la vuelta al estado de ánimo. Se convierten en resortes que despiertan fibras adormiladas. Abren las puertas de nuestra euforia, nuestra líbido o nuestro lagrimal, del mismo modo que la melodía que tocaban los Goonies con aquel piano de huesos abría la puerta que daba paso a la siguiente pantalla de su
arcade subterráneo, o esas cinco notas que se inventó John Williams abrían las puertas del cielo para los marcianos en
"Encuentros en la tercera fase".
Cada uno tenemos tatuada en el encefalograma una o varias canciones, y en algunos casos nos es imposible vivir sin ellas. Por ejemplo, algunas nos revitalizan y nos insuflan la dosis de euforia suficiente para salir de marcha un viernes que estamos perezosos. La de Tom Cruise en
"Risky Business" era
'Old time rock and roll'. Yo patino en gayumbos por los pasillos escuchando
'Do you like me' de Fugazi,
'Santa Maradona',
'Suspicious minds', AC/DC, la famosa de Plastic Bertrand...; si encima esa noche he triunfado, resuena en mi cabeza la
'Cabalgata de las Valkyrias'; me provocan escalofríos de terror algunas baladas crueles de Albert Plá; me dibuja una sonrisa enorme
'It's a friendly world', que cantan REM y Jim Carrey en los créditos finales de
"Man on the moon"; no hay una sola canción de Frank Zappa que no me ponga de buen humor (los mejores ejemplos:
'Dancing fool',
'WPLJ',
'Be in my video',
'Joe's garage',
'Let's make the water turn black',
'Bobby Brown',
'The bebop tango',
'In France'...). Sólo hay una canción que me torna melancólico de todo el repertorio que le controlo:
'Uncle Remus'; Minutemen me ponen las pilas; Tom Waits me anima a charlar e ir de bares; el jazz judío de John Zorn me transporta a otros planetas; los Ramones me dan ganas de rocanrolear hasta morir; Charlie Rivel tocando la trompeta creaba la música más agridulce del Universo; y escuchar tan sólo dos segundos de
'Suavemente' de Elvis Crespo me invita a matar...
Pero dejando de lado los complicados recovecos psicológicos que puedan hacer que hasta una canción de Mónica Naranjo me ponga tontorrón porque me recuerda a una chica, a un viaje, a un beso, a un amigo que murió y a un pasado que siempre fue mejor (y a todos os pasa algo parecido, no me miréis así, no me vengáis con purismo musical ahora), se puede decir que hay canciones objetivamente tristes y canciones objetivamente alegres. Esto tiene que ver en un porcentaje muy alto con la armonización empleada y con los instrumentos que la dan forma.
Pero en el caso del humor, por más vueltas que le doy (y dando por hecho que mis conocimientos son y serán reducidísimos por más tarrinas que llene de emepetreses de aquí a diez años), no se me ocurren ejemplos tan gráficos de música (insisto, instrumental) que provoque la carcajada, que haga aflorar los poderes curativos de la risa. ¿Hay música que hace reír?

De momento, no me queda más remedio que quedarme con los Beau Hunks, Raymond Scott, Carl Stalling o la Metropole Orchestra. La banda sonora de la risa más inocente y pura. Mientras apago las brasas de la chimenea y aplasto el puro contra el cenicero, con este reducto de músicos doy por acabada, totalmente insatisfecho, la Fase 1.0 de mi investigación.
Seguiré investigando.
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