13.2.07
  433. Ricarda



No sé por qué estos días me está viniendo a la mente cada dos por tres aquella tarde en que mi abuela se me murió en los brazos.

Bueno, sí sé por qué. Simplemente quería empezar esto como si fuese una bomba lacrimógena barata de kiosko, pero realmente hay dos razones por las que no me quito el asunto de la cabeza: la primera de ellas es que por estos días se cumplen quince años desde aquella tristísima tarde. Yo soy de esos que tienden escribir lo que sienten en momentos de gran actividad sentimental, así como también tiendo a rebuscar a menudo entre papeles viejos. Y ayer me encontré con un cuaderno en el que dejé constancia del suceso (desgraciadamente sin recrearme en detalles), pocas horas después de vivirlo; la otra razón es algo que casualmente escuché el otro día en el programa de amarillismo paranormal Cuarto Milenio. Estaban hablando de idas y venidas de la vida a la muerte, de todo aquello de la luz al final del túnel y las experiencias extraleches, y en un momento dado un barbas le contó a Iker que algunas veces los moribundos, en el preciso instante en el que el alma se les escapa para siempre a través de los poros, suelen protagonizar monólogos estrambóticos, perfectamente inteligibles, pero dirigidos a alguien que no está presente. El tipo explicaba que es como si se despidiesen o limasen asperezas con un ser al que amaron en vida antes de abandonar este mundo, o quizá como si hablasen con alguien querido que ya cruzó el umbral y ahora les está explicando qué deben hacer.

Por todo esto, estos días he estado dándole vueltas a las últimas palabras que dijo mi abuela antes de abandonarse definitivamente. Y está resultando una semana muy extraña, porque nunca antes había pensado en ello; ni en esas palabras, ni apenas en las circunstancias en las que fueron pronunciadas. Es como si hubiese "enterrado aquella vivencia en algún lugar recóndito del subconsciente", como diría un señor con gafas y cejas anchas. No puedo decir que aquella situación me marcara para siempre, que me creara un trauma o algo parecido, que entonces ya tenía 13 añazos, y además sabíamos que se podía morir en cualquier momento. En realidad mi abuela estaba ya muy vejecita, tenía que llevar pañales a todas horas y no se movía de su enorme cama en funciones. Teníamos que darle de comer todas las cosas con una cuchara, pero mentalmente estaba perfectamente, lúcida, brillante, con todos los recuerdos y todos los mecanismos intactos. Hasta su último suspiro siempre fue muy consciente de la situación,y lo llevaba con un sentido del humor y una entereza impresionantes. Jamás la oí comentar algo parecido a «a ver cuándo me lleva Dios de este valle de lágrimas», ni ningún soliloquio semejante, cosa a la que sí estaba acostumbrada, por cierto, mi otra abuela que también en paz descanse, desde que yo tengo uso de razón.

Aquel febrero de 1994 mi familia y yo nos habíamos trasladado temporalmente a un espacioso y luminoso loft situado en la planta baja del mismo edificio en el que vivíamos, porque nuestro piso estaba de obras. Estaban tirando varios tabiques, acuchillando el parqué (lo que quiera que signifique esto), repintando todas las habitaciones y tal. Nuestra casa de prestado era un piso de unos 120 metros cuadrados, más o menos igual que el de siempre, pero todo difdáno excepto un baño y dos dormitorios de matrimonio. En uno dormían mis padres, y en el otro vivía mi abuela. Si tenía cocina, que supongo que sí, no la recuerdo. Mis hermanos y yo teníamos las camas en un rincón del gigantesco salón, que por lo demás estaba repleto de cajas de mudanza, armarios de tela y muebles a medio montar. Era como vivir en mitad de un guardamuebles, o en un rastrillo, y recuerdo que me encantaba la situación. Veía la tele sentado en una caja de libros, me echaba siestas encima de la ropa de un baúl o jugaba a ordenar y desordenar mis tebeos por el suelo. También gracias a esa situación, mi abuela se murió en una habitación que nos era totalmente ajena, y a la que no volví a entrar nunca jamás. A lo mejor es por eso que el recuerdo quedó tan escondido y que no se lo he contado a casi nadie.

Mi abuela se llamaba Ricarda, y es la única Ricarda de la que he oído hablar nunca. Desde que yo tengo uso de razón, era una mujer anciana, pequeñita, que andaba muy despacio y que se reía mucho con una carcajada sorda simpatiquísima, con la "e". Tenía el pelo corto y rizado, al principio rubio y hacia el final de sus días teñidas las canas de nu morado claro eléctrico. Vivió casi toda su vida en un piso enorme y privilegiado en mitad de Laín Calvo, que es una callejuela que está a tiro de piedra de la catedral de Burgos. Toda mi familia proviene de Burgos. Hay un pueblecito perdido en la sierra burgalesa que nos dio el apellido a los que venimos de la rama de mi abuela. Está en algún lugar entre la ciudad de Burgos y el pueblo originario de toda la familia de mi padre, que ya es un señor pueblo de más de 3.000 habitantes; en cambio, el pueblecito que nos da nombre a los Fruno es en realidad (o lo era la última vez que pasé por allí, hace cosa de quince años) apenas cuatro casitas mal puestas, ruinosas y abandonadas, pero que coronaban una de las cuestas más tortuosas y empinadas de toda la geografía española. De hecho, aquel viejo pueblecito de mis ancestros da nombre también a dicha cuesta, muy conocida y odiada en muchos kilómetros a la redonda, culpable de no pocos accidentes mortales. Cuando uno atraviesa esa cuesta haciendo trompos y espirales a 5 por hora, deja a su derecha un inmenso lago de cuyo centro emerge el campanario de otro pueblecito, inundado hace más de cien años para construir una presa. Casualmente, este otro pueblo da nombre a mi cuarto apellido, es decir, el apellido de mi abuela por parte de madre. Qué cosas tiene la historia. En una ocasión mismamente los Fruno estuvimos a puntito de matarnos en la cuesta del pueblo del que tomamos el apellido, cuando al girar una de aquellas curvas imposibles, empedradas, mal cimentadas y atestadas de ardillas, ciervos y gamusinos salvajes, nos topamos de bruces con un jeep del ejército que venía a toda hostia en nuestra dirección. Íbamos de vuelta a la capital, de visitar a la tía Asun en el día de la Asunción, un día después de que mi padre se apeara en nuestro pueblecito y tratara de arrancar el cartel de bienvenida al mismo, supongo que para colgarlo en algún lugar del salón familiar. No tuvo éxito, y apenas nos pudimos hacer una foto delante del cartel de nuestro apellido, como el grupo de turistas horteras que siempre fuimos.

La Ricarda era una viuda muy señorona. Acostumbraba a pasar las tardes jugando al julepe y bebiendo gin-tonics con sus amigas en el Casino del Espolón, el viejo paseo que se construyeron los Reyes Católicos en pleno corazón de la ciudad para cuando abandonaban la muralla hacia las afueras, hacia la zona no adoquinada de la ciudad, hacia el río y los lugares de recreo de los burgaleses de antaño. Una parte de mi pasado que tambén tengo ahogada en la memoria transcurrió en aquellos lugares tan hermosos y caballerescos. Comprando tebeos Bruguera en el mercado de los domingos. Comiendo raquetas de crema o chevalieres en la pastelería del Espolón, o una ración de tigres y cojonudos en La Cabaña Arandina. Bajando a la verdísima orilla del río a buscar ese pasadizo secreto que supuestamente conducía al interior del castillo, que el Cid y los suyos construyeron muchos siglos antes para despistar a los moros y que por lo visto aún no había sido encontrado. Matando palomas a pedradas en la Plaza Mayor.

La casa de La Ricarda era muy oscura y tenía habitaciones que nos estaban vedadas a los niños. Sólo se podía entrar en ellas en Semana Santa, cuando se abrían para que toda la familia pudiéramos encaramarnos a sus balcones a ver pasar a los capuchones durante las procesiones. Mis favoritos eran los de color violeta con cordeles y cirios rojos. Cuando llegaban aquellas fechas me obsesionaba con todo aquello casi con tanta pasión como mis abuelas. La ciudad atufaba a incienso y yo me pasaba las horas muertas llenando montones de cuadernos con dibujos de capuchones de todas las cofradías que veía, y de otras que me inventaba. Los domingos nos íbamos al pueblo de mi padre, al de mi madre (Villadiego), a ver a los monjes de Silos, al castillo o, sobre todo, a ver al Papamoscas a las doce de la mañana como un clavo. Después, los tigres en la Cabaña Arandina o en el bar de Tinín. Tinín era un señor calvo y con gafas de edad indefinida que regentaba un bar de viejos al lado de la casa de mi abuela Ricarda, al que siempe le pedía chapas para jugar con ellas. Una vez me regaló una caja de cartón enorme repleta de chapas. Má de trescientas. Pasé aquel verano clasificándolas y ordenándolas por tamaños y marcas, relamiéndome con la cantidad de ciclistas y futbolistas con que las iba a vestir. Al día siguiente mi madre las tiró todas a la basura, y me pillé el cabreo y la llorera más grandes de toda mi vida. Tinín ya le regalaba chapas a mi padre y sus hermanos cuando eran pequeños.

Mi abuela Ricarda tenía unos ojos verdes preciosos, de un color parecido a una mezcla de miel y blandiblub. Era una mujer con un corazón enorme y muy pacífica. Nunca conocí a mi abuelo, pero estoy seguro que la mala baba que recibieron tanto mi padre como mis dos tíos proviene de él. Por lo visto mi abuelo Anastasio (mis dos abuelos, el paterno y el materno, a ninguno de los cuales conocí, se llamaban Anastasio) era propietario de un par de fábricas de algo, pero la vida debía ser muy jodida y muy dura entonces, porque no nadaban precisamente en la abundancia. Me faltaron al menos cinco o seis tardes escuchando batallitas de mi abuela, o al menos debí prestar más atención, porque sólo recuerdo dos anécdotas contadas en primera persona por La Ricarda: una de ellas era la de aquella vez que fue a la iglesia, y le dio a un mendigo una moneda de una peseta. Al salir de la iglesia, el mendigo fue a buscar a mi abuela para devolverla la peseta y decirla que se fuese a hacer gárgaras. Eso sí que me consta, que mis dos abuelas tenían muchísimos problemas para asociar las pesetas con su valor real actualizado, y a veces pagaban cinco mil pesetas por cosas que costaban cinco, y otras veces les daban una peseta a un pedigüeño pensando que le sacaban de pobre. La otra anécdota que recuerdo de las que me contó mi abuela es que una vez acogieron a una pareja de inmigrantes ingleses, en plena guerra civil, en el piso de Laín Calvo. Les dieron cama y comida durante unos cuantos días, y cuando ellos se marcharon mi abuela descubrió que debajo de la almohada le habían dejado un sobre que contenía un millón de pesetas. En los años treinta, aquello daba para comprarse media catedral de Burgos, y a juzgar por la primera anécdota, supongo que mi abuela confundía millones con miles, pero en cualquier caso me parece una historia interesante y que le hace justicia.

Mi abuela Ricarda se me murió en brazos una tarde de sábado de febrero, hace 13 años. Estaba tumbada, como siempre, en esa cama de prestado, en ese piso de prestado que alquilamos durante unas semanas, en esa habitación que apestaba a pis rancio de la pobre de mi abuela Ricarda, la mujer más buena y más agradable que he conocido en mi vida. Yo estaba sentado a su lado, dándola de comer alguna cosa con una cuchara. Estaríamos hablando de cualquier cosa con toda normalidad. Me arriesgo a decir que mi abuela me estaba diciendo que estudiase más, que si no iba a acabar como mi tio, su hijo el mayor, al que hasta entonces sólo había visto dos veces en la vida. Mi hermano mayor estaba arriba, en nuestra casa de verdad, haciendo alguna cosa, porque ya estaban terminando las obras y ya había algunos muebles. Mis padres habían salido con mi hermano pequeño. Yo estaba solo con mi abuela en esa casa ajena y fría, dándola de comer con una cuchara. Y de pronto, haciendo el gesto de acercarse a comer, se cayó hacia atrás y se quedó tumbada en la cama, mirando hacia el techo con esos ojazos verdes muy abiertos. Por más que la sujeté y la zarandeé para que se incorporara, no me hacía ni caso. De repente empezó a sonreír, casi a reírse con esa maravillosa carcajada que la definía inconfundiblemente como una persona buena y generosa, y empezó a hablar, diciendo cosas que yo entendía y que recuerdo perfectamente, pero que no tenían ningún sentido para mí en ese momento, que no respondían en absoluto a lo que yo la decía. Estuvo cosa de dos minutos hablando, teniendo una conversación perfectamente inteligible y coherente con nadie. Después se apagó, y yo salí corriendo, temblando y llorando como un niño de trece años al que se le acaba de morir la abuelita, en dirección a mi casa de verdad, donde por suerte descubrí que estaba mi hermano mayor, que hizo maravillosamente bien su papel de hermano mayor, como si hubiese sido entrenado para ese momento. Mis padres llegaron poco después, y ya vino lo de la ambulancia, una serie de días en los que llueve por fuera y por dentro, y los encuentros familiares posteriores. En mi caso concreto, mi familia se unió de verdad, porque somos cuatro gatos pero estábamos totalmente divididos por la mitad. La pena y los acontecimientos de luto por compromiso (y a lo peor también la herencia) terminaron de unir a mi padre y sus dos hermanos, y desde entonces les he visto más y de bastante mejor humor. Lo triste es que aquello nos separó definitivamente de Burgos, y sólo volví un par de años más tarde para el funeral de mi otra abuela, la madre de mi madre, la que tenía Alzheimer y estaba a años luz de ser una persona lúcida, y a la que traté siempre como a un trapo, como trata un niño a alguien al que no entiende y no quiere porque está enfermo y molesta.

Así que entre todo esto, con todo lo que ha llovido y lo que está lloviendo, con el poco tiempo libre que tengo en mi nuevo curro y lo poco que veo ultimamente a mis amigos y mi familia, estoy pasando unos días un poco grises.

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Fruno, en el Pegamin hay hueco para un post tuyo
 
...y anímate
 
Pues es que me di de baja del Pegamin para poder pasar mi blog a la versión nueva... Creo que me tenéis que invitar otra vez para poder postear algún día algo que se me ocurra, nunca lo he descartado, sigo visitándoos a veces... aunque ya no es lo que era. Ahora tenéis fans.
 
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